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Trump y la crisis de México. Dossier

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Trump y la crisis de México. Dossier

Manuel Aguilar Mora Guillermo Almeyra Alejandro Nadal 29/01/2017

¡A defender a México, SI, unidad nacional con Peña Nieto, NO!

Manuel Aguilar Mora

Desde el 1° enero con el anuncio del gasolinazo hasta el 25-26 del mismo mes con la confrontación política de los gobiernos de Trump en Estados Unidos (EUA) y de Peña Nieto en México, este último ha entrado en una situación crítica de consecuencias inauditas para los dos países. En especial los destinos de los pueblos, de los trabajadores y los oprimidos de ambos países se vincularán aún más estrechamente.

La cancelación de la reunión de los dos presidentes programada para el martes 31 de enero por parte de Peña Nieto, inmediatamente también asumida por Trump, es el punto culminante de una política conciliatoria y titubeante que éste mantuvo con el dirigente imperialista que hoy gobierna Estados Unidos. La política conciliadora del gobierno de Peña Nieto se inició desde la desafortunada invitación a visitar México que le hizo a Trump cuando éste era el candidato republicano para las elecciones presidenciales del país vecino de noviembre pasado. La base de esa posición era que había que ser dialogantes y razonables con el energúmeno. Una premisa por completo errónea y contraproducente como se mostró con evidencia cuando ya como presidente electo y hace unos días cuando tomó posesión del cargo Trump continuó incluso redoblándolos sus ataques a México e insistiendo que el muro de la vergüenza y la indignidad que quiere construir en la frontera entre los dos países sea pagado por los mexicanos.

La cancelación de la reunión hunde a Peña Nieto en el peor momento de su gobierno: con una abrumadora mayoría de la población que lo considera como el peor presidente en décadas y confrontado abiertamente con el gobierno estadounidense. Con la concordia en las relaciones bilaterales con EUA hecha pedazos, Peña Nieto se encuentra suspendido en una situación que lo acerca al borde del precipicio.

En el mundo politiquero, entre los partidos políticos oficiales “registrados” y entre los cómplices del régimen en diversos sectores, la crisis a la que ha llegado la relación diplomática con Trump de inmediato ha sido el motivo para sacar del baúl de las antigüedades lo que fue el hilo rojo de la política de los años dorados del nacionalismo mexicano, que también fueron los del PRI, la política de la “unidad nacional”. No es difícil saber por qué la invocan: puede permitirle al gobierno de Peña el alivio que tanto necesita en estos días turbulentos.

Pero la globalización capitalista acabó con todo eso y fue el propio PRI, con Salinas de Gortari como presidente, quien le puso la losa a dicho “nacionalismo” con la forja y puesta en marcha del Tratado de Libre Comercio con EUA y Canadá. La globalización es un hecho irreversible, está en la esencia del capitalismo, lo que al mismo tiempo quiere decir, es un proceso contradictorio y sometido a las leyes de este sistema que se basan primero que todo en la competencia económica que en momentos críticos puede llegar a ser dura y violenta y conducir, como se ha demostrado con creces en el siglo XX y se está ratificando en el nuevo siglo, a guerras devastadoras.

La situación actual de profunda crisis capitalista detonada desde 2008 y cuyas consecuencias no han podido neutralizarse a pesar de los no pocos esfuerzos de los gobiernos, ha producido acontecimientos mayores como la salida del Reino Unido británico de la Unión Europea (el llamado brexit) que mostró la crisis de esta última, el surgimiento de China, gobernada por el partido comunista fundado por Mao Tse Tung, como país clave de la economía mundial capitalista y el propio triunfo de Donald Trump contra todos los pronóticos políticos internacionales. El colapso del TLC de América del Norte es otra de las consecuencias de esta crisis capitalista mundial.

Los trabajadores y oprimidos de México no deben ser quienes paguen esta crisis de sus explotadores nacionales y extranjeros. La demagogia de Trump que grita que EUA ha sido explotado por México y que EUA ha sido el gran perdedor del TLC, se vendrá abajo muy pronto cuando las promesas de cambio y esperanza que hizo a millones de trabajadores estadounidense que votaron por él, se demuestren que eran completamente demagógicas. El TLC fue un proyecto que benefició en primer lugar a las grandes corporaciones estadounidenses que desmantelaron fábricas que tenían en Detroit, en Toledo, en Chicago y en otros lugares y las instalaron en la frontera mexicana y en muchas ciudades del interior de México. El resultado fue que lograron ganancias extraordinarias pues los salarios pagados a los trabajadores mexicanos eran diez o más veces menores a los que pagaban por el mismo trabajo en EUA. Benefició también a muchos capitalistas y comerciantes mexicanos que se convirtieron en socios menores de los capitalistas estadounidenses. De hecho, el déficit comercial que Trump señala tiene EUA con México representa en gran medida las ganancias extraordinarias que las grandes corporaciones imperialistas, en especial estadounidenses obtienen aquí. No es por filantropía, por ejemplo, que la empresa comercial más grande del mundo Wal-Mart ha instalado en México el mayor número de tiendas después de EUA.

El grueso de la burguesía mexicana ya no es “nacionalista”, los tiempos del cardenismo (el original del presidente Lázaro Cárdenas) han desaparecido para no volver. Los gobiernos priistas y sus imitadores panistas han sido y son gobiernos enfeudados a los intereses y mecanismos del imperialismo, en especial estadounidense. La actual crisis los está dejando pasmados, realmente para ellos la situación está llegando a un callejón sin salida. Pensar, imaginar que Peña Nieto puede ser el que encabece una pelea mínimamente creíble de defensa de los intereses del pueblo de México contra los designios imperialistas linda en la insania. No hay el menor fundamento para concebir al PRI o al PAN, incluso al PRD como partidos antiimperialistas.

En este mes de enero desde Baja California a Chiapas miles, cientos de miles de hombres y mujeres se han manifestado en las calles contra el gasolinazo decidido por Peña Nieto. Un grupo de sindicatos ha anunciado ya la realización de una gran manifestación en la Ciudad de México para el martes 31 de enero. Obviamente los acontecimientos que se han acelerado tan dramáticamente durante el mes que transcurre estarán muy presente en las próximas marchas, mítines y reuniones que se dan en todo el país. La cuestión del qué hacer ante el desafío que representa la agresión del gobierno de Trump se convertirá en la cuestión central junto a la de la lucha contra el gasolinazo de Peña Nieto.

Es muy previsible que cientos de miles, millones de mexicanos y mexicanas serán convocados a la defensa del país agredido por el gobierno del poderoso país vecino. Pero la lucha que se proyecta ya no será al estilo de la lucha nacionalista que se dio como consecuencia de la revolución mexicana de 1910. Hoy la globalización capitalista ha estrechado los destinos de los dos países, en primer lugar de los pueblos trabajadores de los dos países. En EUA hay millones de trabajadores mexicanos o de origen mexicano, 10 millones de ellos está amenazados de ser expulsados por Trump, otros más trabajan allá porque el capitalismo mexicano les ofreció trabajos mal pagados o de plano ningún trabajo y millones de familias mexicanas dependen de sus remesas, las cuales Trump también amenaza con intervenir. La lucha por sus derechos es vital para todo el pueblo de EUA pues las consecuencias económicas y sociales de su expulsión masiva (que ya empezó en el gobierno de Obama) serán devastadoras no sólo para México sino también para EUA.

Para los trabajadores de México sus intereses coinciden con los de los trabajadores de EUA. Los trabajadores de México no les “quitan”, como dice Trump, el trabajo a sus hermanos de EUA, son los capitalistas de los dos países los que se benefician de los salarios de hambre que reciben los primeros. Para ellos como para los trabajadores de EUA es vital lograr la nivelación salarial hacia arriba en ambos países y sólo una lucha solidaria también por arriba de la frontera puede conseguir eso. La reciente lucha de los obreros agrícolas de San Quintín en Baja California lo demostró con evidencia: para los obreros agrícolas de California es vital el mejoramiento de las condiciones de trabajo de sus hermanos del sur de la frontera.

Los tiempos están cambiando, como dice la canción de Bob Dylan de los 60's. Y, agregamos, en estos días de enero de 2017 lo hacen aceleradamente en América del Norte, tanto en EUA (¡una inaudita marcha de dos millones de mujeres y hombres protestando contra Trump en todo EUA un día después de su toma de posesión!) como en México. Son tiempos en que se gestan luchas sin paralelo en la historia de los dos países que la globalización capitalista ha unido estrechamente como nunca antes. Las luchas de sus pueblos no serán luchas aisladas una de la otra. Serán luchas unidas contra esa globalización capitalista y por una sociedad binacional solidaria en donde no sean ellos los que paguen por la crisis forjada en las contradicciones mismas del capitalismo. Serán luchas anticapitalistas, en las que en México los trabajadores junto a todo el pueblo explotado defienda los intereses de la nación de manera independiente de los partidos proburgueses y de sus líderes que son conciliadores y finalmente capituladores ante el imperialismo y en la que los trabajadores y el pueblo oprimido de EUA surjan como los aliados más importantes y decisivos de la transformación social de América del Norte.

Correspondencia de Prensa, 28 de enero 2017

 

Hacer Sin Esperar

Guillermo Almeyra

No hay duda posible sobre las perspectivas que no pueden ser más negras. Trump –en lo que no depende del Congreso y por lo menos por un par de años- será como un elefante en una cristalería si no lo detiene el “fuego amigo” al estilo Kennedy.

El peligro para México y los mexicanos es inmediato y la cancelación de la planta Ford en San Luis Potosí es apenas un botón de muestra de lo que vendrá cuando Trump anule el TLCAN que Salinas le impuso a México y cuando deporte en masa millones de desventurados compatriotas.

México no tiene una red ferroviaria digna de ese nombre ni utiliza el flete marítimo; depende por completo del transporte automotor, o sea de combustible refinado en Estados Unidos que la actual exportación de petróleo crudo no alcanza a pagar. Con PEMEX desmantelada, un dólar cada vez más caro, una tremenda dependencia alimentaria, la reducción drástica de sus exportaciones y un mercado de trabajo jibarizado ¿qué queda? ¿Vender sol, playas y prostitución y producir drogas? ¿Convertir legalmente a México en parte de Estados Unidos, en un nuevo Puerto Rico colonizado?

La reacción del gobierno Peña Nieto es igualmente previsible: se arrastrará ante Trump, sometiéndose y, contra las protestas populares, recurrirá a leyes de seguridad interior que darán una seudocobertura legal a una dictadura militar.

Las tímidas gacelas políticas creen que si no se mueven de su rinconcito o se mimetizan podrán salir con vida en los próximos años. Se equivocan y con su cobardía política y pasividad causan un terrible daño al país. El aumento del combustible se traslada a todas las mercancías, alimentarias o industriales, al igual que el de la luz. Habrá recesión con inflación creciente. La ocupación militar, que comenzó con el pretexto de combatir “focos” localizados de delincuencia, tiene que enfrentar ahora un incendio generalizado en todo el territorio. Los militares convertidos en policías represores de su propio pueblo deberán hacerlo ahora para beneficio de Trump y de los nuevos colonizadores. ¿Todos ellos aceptarán ese papel vil e infamante?

¿Cree alguien que las elecciones presidenciales serán democráticas y pacíficas y que si gana un candidato que no sea del establishment bastará con que sea sumiso y conservador para que le reconozcan su triunfo en las urnas? ¿No será acaso necesario organizarse y preparar ya la respuesta ante el fraude reiterado?

Con sus enormes manifestaciones las mujeres, como siempre -como en Francia en 1789, en la guerra civil española, en la Resistencia antinazi en Francia e Italia- están a la punta del combate. Ellas, que son víctimas a la vez del capitalismo y del patriarcalismo, ambos asesinos, sienten que están en juego la democracia, la vida de centenares de millones y la civilización misma. Por eso actúan.

Ése es el camino justo. Por arriba de los sectarios ciegos que en su impotencia descalifican las marchas contra el gasolinazo y el tortillazo y de los electoralistas de ojos cubiertos con doble venda hay que imponer la voluntad de la gente decidida que, como los militantes de ANUEE de Tlalpan, ocupan simultáneamente 200 gasolineras o, como los de todo el Norte, liberan carreteras y ocupan edificios públicos.

Trump produce hechos y nos enfrenta a hechos, tal como sus servidores mexicanos. Produzcamos también hechos y obliguemos a los tergiversadores a avanzar desarrollando la autoorganización y la iniciativa de base.

Las asambleas de comunidades, pueblos o colonias que se están generalizando deben promover la opinión, la libre discusión, la intervención de los “ciudadanos de a pie” y evitar como la peste ser monopolizadas por grupos de discutidores sectarios. Deben tener como centro cómo protestar, qué hacer para organizarse de modo unitario y permanente, cuáles reivindicaciones plantear a corto y medio plazo, no las elecciones ni las disputas entre las diferentes organizaciones. Si se habla de construir poder popular, hay que hacerlo; si se habla de lograr un voto que exprese la voluntad popular, hay que lograr ese voto allí donde se manifiesta directamente esa voluntad popular.

Las resoluciones y medidas organizativas emanadas de las Asambleas deben registrarse para darles continuidad y para hacer balances de lo realizado y deben ser comunicadas a otras poblaciones o centros de trabajo vecinos para su libre discusión y para crear un tejido de información directa popular que no dependa sólo de los diarios ni de la red electrónica. Los comités surgidos de las Asambleas de lucha deben federarse regionalmente para reforzarse mutuamente, enseñar y aprender de otras acciones.

La pasividad, la resignación, el conservadurismo, el atraso ideológico, el miedo, el cinismo de quienes dejan que otros hagan sin participar en la lucha para después recoger los resultados, sólo pueden ser derrotados con la participación popular y sopesando los argumentos. Todo lo que impulse la organizacion y la participación colectiva es correcto y necesario. Todo lo que la limite o la sustituya por decisiones minoritarias o autoritarias puede resultar nefasto.

Si el movimiento se estructura nacionalmente, si se organiza, provoca crisis en los aparatos estatales, si resquebraja las fuerzas represivas, aislará también a los delincuentes. Éstos no nacen tales y la lucha puede redimir algunos. Al fin y al cabo, Pancho Villa no era una Carmelita Descalza…

Si el efecto Trump resultase más gradual no está excluido que se llegue a la elección del 2018 aunque, a mi juicio, la misma está hoy muy en veremos y depende en parte del desarrollo de las elecciones en el estado de México y del grado de la protesta y organización populares. En tal eventualidad, y recién entonces, habrá que decidir qué hacer sobre la base de lo obtenido con las luchas y discusiones actuales.

La Jornada, 29 de enero 2017

 

El legado de Trump

Alejandro Nadal

El discurso de toma de posesión de Trump retomó el mensaje medular de toda su campaña. Hay muchas cosas que andan mal en Estados Unidos, comenzando con la corrupción de los políticos en Washington. Es el mismo mensaje que fue retomado por los millones que votaron por él y que han padecido el deterioro de su nivel de vida en los pasados 20 años. Pero los nombramientos que hizo Trump para su gabinete muestran que no está preocupado por ese sufrimiento de millones de estadunidenses.

Y es que en la visión del nuevo ocupante de la Casa Blanca el trance por el que atraviesa la economía estadunidense es sólo una fase descendente de un ciclo de negocios. Con algunos remedios de política económica, la inyección de liquidez al sector financiero y algunos otros desplantes voluntaristas, Trump piensa que la economía podrá recuperarse. En los sueños del nuevo ocupante de la Casa Blanca el retorno al mítico sendero de crecimiento y prosperidad se hará realidad, tarde o temprano.

Esa perspectiva ignora lo que cada día es más evidente. La crisis que atraviesa la economía estadunidense se debe a factores endógenos, producto de las mismas contradicciones que conlleva el capitalismo global. No se trata de choques externos, ni del mal manejo de las finanzas públicas, o de un clima desfavorable que lleva consigo las semillas de su propia corrección y de la recuperación. Lo que ha provocado esta crisis que ya va para 10 años es un entramado de poderosas fuerzas intestinas que no se van a corregir con cosméticos o con remedios tradicionales de política económica.

En los próximos cuatro años la presidencia de Trump será incapaz de cambiar este estado de cosas. Por ejemplo, por más que se esfuerce, el nuevo presidente no podrá reducir el peso del endeudamiento que hoy ahoga a las familias en Estados Unidos. Las tasas de interés cercanas a cero que ha fijado la Reserva Federal buscan inducir el crédito, pero en el contexto de una economía que atraviesa una crisis deflacionaria eso es absurdo: es como si se buscara darle más drogas a un adicto que acaba de sufrir una crisis de sobredosis. ¿Será que Donald tiene una fórmula mágica para lograr este resultado? ¿Querrá aumentar los salarios y compensaciones de los trabajadores y empleados para reducir la desigualdad? Al contrario, todo indica que la disparidad entre los ingresos de los más ricos y los más pobres va a ir en aumento.

La reforma fiscal que propone llevar a cabo el nuevo presidente es furiosamente regresiva. En su proyecto la carga impositiva se distribuirá de manera más inequitativa, con un peso mayor sobre las capas medias y una fuerte reducción de gravámenes para los estratos más ricos. Nadie debe pensar que eso llevará a mayores inversiones y más empleos bien remunerados. La evidencia empírica muestra que la tasa de inversión en Estados Unidos ha sufrido una caída sostenida: como porcentaje del PIB, la inversión pasó de 7 a 3 por ciento entre 1965 y 2015 (datos del US Bureau of Economic Analysis).

Trump tampoco podrá regresar los empleos que desaparecieron en los pasados 20 años. Podrá hacer que algunas empresas revisen sus planes de inversión y en lugar de construir una planta en China o en México, permanezcan en Estados Unidos (como el ejemplo de Carrier). Pero de ahí a cambiar la dinámica de la reubicación de empresas en busca de menores costos salariales, eso ya es otro cantar. Además, no es del todo cierto que los empleos desaparecieron porque China “se los robó” (como advirtió Trump en su campaña). Las tendencias del cambio tecnológico no dejan lugar a dudas. Muchos estudios confirman que una parte muy importante de los empleos que Trump piensa fueron secuestrados por China se perdieron por la automatización y la robotización creciente. Hoy este proceso, que sigue afectando a las manufacturas, también amenaza una gran cantidad de empleos en el sector servicios.

La presidencia de Trump verá una re-edición de aquella economía que distribuye beneficios por goteo (trickle-down economics). Es el mismo esquema que impulsó Reagan hace más de 30 años y que sentó las bases del neoliberalismo. Es la combinación de políticas que puso la mesa para la crisis que estalló hace 10 años.

El gabinete de Trump es una mezcla de fundamentalistas de mercado, proteccionistas y halcones que creen que con una baladronada pueden cambiar al mundo. Su mezcla de política económica tendrá efectos negativos para los que votaron por él. Agravarán la desigualdad y no garantizarán la creación de empleos mejor remunerados. Para la masa de desafectados que votó por Trump el acceso al sistema de salud significará un desembolso mayor. Los servicios que proporcionará la infraestructura construida por el nuevo gobierno bajo sus esquemas de participación con el sector privado tendrá un costo. La decepción de estos votantes será monumental. Su ira será incontenible. Dentro de cuatro años, cuando se sientan traicionados, ¿a quién le van a echar la culpa?

La Jornada, 25 de enero 2017

Manuel Aguilar Mora historiador y profesor de la UACM, es militante de la Liga de Unidad Socialista (LUS) de México.
Guillermo Almeyra Editorialista internacional de La Jornada. Miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.
Alejandro Nadal Economista. Miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.
Fuente: Varias

tomado de www.sinpermiso.info.com

 

 

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