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Socialismo y nacionalismo

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Socialismo y nacionalismo

Andreu Nin · · · · · 12/01/14

Consideraciones preliminares

Los caracteres del socialismo no son, ni pueden ser, pura y exclusivamente, económicos.

 TAGS:El socialismo es la más perfecta y admirable realización del ideal pedagógico social, en armonía con el fin que a la educación asigna Herbert Spencer: “conducir al hombre a la vida completa”. Desgraciadamente — decía en estos o parecidos términos en estas columnas el compañero Morato – el principio de la lucha de clases no nos es suficiente para resolver los múltiples y variados problemas — que la complejidad de la vida social plantea. El problema social no es una simple cuestión de estómago.

En todo caso, el problema exclusivamente económico será el fundamental, constituirá el alma del socialismo, sin el cual éste no tendría razón de existir; pero no deja de representar más que un aspecto — claro está que el más importante — de la cuestión social, cuya solución ha de “conducir” al hombre al pleno goce de la vida. He aquí por qué, después del económico, hay un problema que atrae poderosamente mi atención, como socialista y como hombre, como simple observador de los hechos y de los fenómenos sociales y respondiendo a una viva inquietud espiritual: el problema nacionalista. Persigue como fin el nacionalismo — dice Rovira y Virgili (periodista y político) — la liberación de los pueblos. Persigue como fin el socialismo la liberación de los hombres.

La liberación de los pueblos y la liberación de los hombres producen las más profundas convulsiones en los países modernos. No habrá paz en la tierra hasta que se dé satisfacción a esos inmensos anhelos de libertad que sienten los pueblos de nuestro siglo. Nacionalismo y socialismo son dos términos antitéticos al parecer, pero cuyos fines se confunden y se complementan recíprocamente, existiendo entre ambos una íntima e indestructible conexión. Uno y otro amenazan los cimientos mismos de la sociedad actual. Ninguna doctrina tan revolucionaria como ellas.

Ataca el nacionalismo la organización y la estructura de los estados, absorbentes, unitarios, centralistas, tiránicos y dominadores y combate el socialismo el régimen capitalista, la propiedad privada y la moderna forma de la esclavitud representada por el salario. Si el socialismo lograra, con su esfuerzo, que se derrumbe completamente el único poder de la burguesía, desapareciendo con él la injusticia de la desigualdad económica de lo que despreciativamente llamaba con razón Fourier (socialista utópico del siglo XIX) la sociedad civilizada, el nacionalismo conseguirá, por su acción cada día más viva y más intensa, vencer en todos sus reductos a la burguesía arrebatándole su fuerza y su instrumento de opresión más formidables: el estado.

Digno es por demás el problema nacionalista de atraer la atención nuestra. Así lo han entendido los hombres más eminentes y prestigiosos del socialismo internacional, que se han ocupado de él con preferencia a otros muchos, interviniendo incluso algunos de ellos, de una manera decidida, en la acción y en la obra de los movimientos nacionalistas (el caso de nuestro camarada flamingand (de Flandes) Huysmans es ya suficientemente representativo). En varios países, los partidos socialistas prestan al nacionalismo su más decidida colaboración; en otros, tienen un carácter marcadamente nacionalista. Nadie se atreverá a negar que merece, cuando menos, esta cuestión, por su inmensa trascendencia, que sea objeto de nuestra curiosidad y de nuestro estudio.

En el socialismo español falta quien, desde nuestro punto de vista doctrinal, haya hablado de este palpitante problema con la amplitud que requiere. Este vacío vamos a llenarlo nosotros, lamentándonos de que plumas más autorizadas que la nuestra no realicen esta misión, desproporcionada, por su importancia y su complejidad, con la insignificancia de nuestras facultades. Constituye para el articulista el más vivo anhelo que alguien tome la palabra en esta cuestión; que se discuta, que se debata, que se conceda al problema nacionalista la importancia que indiscutiblemente merece.

Con ello me daré por suficientemente satisfecho.

Calma, calma... Con los nacionalistas, no; con el nacionalismo, si

Soy un ferviente admirador de Fabra Ribas [con el que polemiza Nin en este artículo]. Aprecio en lo mucho que vale su talento, su acometividad, su actividad inagotable, su espíritu inquieto y batallador, su inmensa y sincera fe en nuestros ideales. Sigo con profundo interés todos los detalles de su meritísima labor periodística y aquilato y compruebo en mi apostolado por Cataluña los óptimos resultados que produce. Comparto con él casi todas sus opiniones sobre la doctrina, la organización y la táctica del partido. Su obra merece todos mis entusiasmos y todas mis simpatías. Lamento que, en una cuestión tan trascendental como la planteada en mi primer artículo sobre “Socialismo y nacionalismo”, disienta, el fraternal amigo, de mi criterio. Y, ¡válgame Dios! ¡Con qué furia y con qué denuedo arremete contra mi artículo! Fabra es un espíritu rígido, dogmático, rectilíneo.

Si yo tuviese la afición o la manía de las filiaciones, generalmente arbitrarias, quizá no dudaría un momento en pegarle la etiqueta de “guesdista”. Tiene la acometividad de Guesde (dirigente del socialismo francés) como asimismo sus concepciones enjutas, duras como el acero. Piensa como el viejo luchador socialista, pero no siente como Jaurès (dirigente del socialismo francés) ni se compenetra con su flexibilidad de espíritu y su exuberancia sentimental e ideológica.

Así se comprende que ante mis afirmaciones nacionalistas se revuelva airado, alarmado por el fantástico temor de que se produzcan escisiones en el partido. Los comentarios que ha sugerido a Fabra Ribas mi artículo son a todas luces apasionados, inspirados por una inconcebible obcecación.

Calma, amigo Fabra, calma... Razonemos, discutamos, oponga a los míos otros argumentos, pero no nos apasionemos ciegamente. Como ya anuncié en mi primer artículo, me propongo tratar el problema nacionalista con mucha extensión, con la extensión que, a mi juicio, merece. Me propuse estudiarlo metódicamente, con calma y serenidad. De intento, dejé de publicar el segundo artículo en el número de la semana pasada, convencido de que alguien terciaría en el debate.

Fabra lo ha hecho. Aunque sólo sea por cortesía, no puedo dejar de contestarle, alterando el orden por mi preestablecido, pero rogándole que, hasta que dé por terminado mi estudio, se abstenga de intervenir en la discusión. Entonces podremos debatir largamente, con toda la amplitud que requiere el interesantísimo problema que ha motivado mi artículo. Ante todo, amigo cordialísimo, es preciso calmar los nervios... calma, mucha calma... *** Fabra confunde lastimosamente el nacionalismo con los nacionalistas, que son dos cosas completamente distintas…

Sin haber ni tan siquiera mentado en mi primer artículo el nacionalismo catalán, el distinguido escritor, con una energía y una viveza dignas de mejor causa, arremete contra los explotadores nacionalistas, contra las “bastillas” de la cuenca del Ter y del alto Llobregat, contra el sistema de delación practicado por la Lliga y la Defensa Social... A renglón seguido, las emprende contra la izquierda catalana, a la cual ataca duramente por su alianza con Lerroux... Conformes, conformes en un todo con sus apreciaciones, amigo Fabra.

Como usted — y permítame reproducir lo que me dice en carta particular, haciéndome suyas todas sus palabras — “odio y detesto cordialmente a esa clase media catalana que no supo hacer triunfar la Solidaridad Catalana, que se fue al Congreso para adoptar los mismos procedimientos que los sicofantes de las demás regiones y que en 1909 no tuvo riñones para afirmarse e imponerse, contribuyendo a dirigir y encauzar un movimiento que podía haber acabado con la guerra, con el centralismo y con la monarquía”.

Quizá por haber convivido con ella, por razón de mi procedencia política, sienta por ella un odio y un desprecio superiores a los de mi queridísimo amigo y compañero…

Fabra desvía la cuestión. Yo no hablé para nada ni del nacionalismo catalán ni de los nacionalistas de Cataluña. Ya les tocará su turno en el metódico desarrollo de mi estudio. Observo que el artículo me resulta excesivamente extenso y que aún queda mucho por decir. “Todo se andará”... con paciencia y calma. Como conclusión a lo expuesto en estas mal pergeñadas líneas, afirmo que el socialismo es en todas partes francamente nacionalista; que España constituye, en este sentido, una lamentable excepción y que el problema nacionalista vive y palpita como cosa sustancial y humana, a pesar nuestro. Yo no relegaré nunca a segundo término el principio de la lucha de clases, como parece desprenderse de las palabras de Fabra.

Cuando me convencí de que “es la lucha suprema, una lucha al lado de la cual todas las otras parecen pequeñas escaramuzas” abandoné las filas de los partidos burgueses y me abracé a la gloriosa bandera roja de la Internacional.

¡Que conste!, pero que conste también que no comprendo que, en nombre del internacionalismo, se combatan las justas aspiraciones de los pueblos oprimidos, incurriendo por inconcebible paradoja, en pecado de patrioterismo.

Que nos pongan todos los motes que quieran pero que no nos llamen españolistas...

(Este artículo es un debate de juventud, Andreu Nin tenía entonces 22 años, cuando todavía era miembro del PSOE en 1914)

Andreu Nin (1892-1937), secretario del Comité Nacional de la CNT en 1921, uno de los fundadores de la Internacional Sindical Roja, miembro de la oposición de izquierdas del PCUS y co-fundador del POUM, fue uno de los dirigentes y pensadores marxistas más importantes en España en la primera mitad del siglo XX. Fue asesinado por agentes de la policía estalinista

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