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Los presos que conozco

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Los presos que conozco

 01 Nov 2010

En septiembre se cumplieron 12 años de injusto encarcelamiento de Los Cinco.

Para la libertad sangro, lucho, pervivo…

Miguel Hernández

Mujeres, hombres, viejos, casi niños, sin distingos de edad ni sexo, con crueldad. Sin tiempo o por todo el tiempo. Así son las sendas marcadas por los presos que conozco.

Ali Salem Tamek es saharaui; desde que tenía 20 años ha entrado y salido (ya no cuento las veces) de las cárceles inmundas de Marruecos, esas que se reservan para los que deciden luchar por la independencia del Sahara Occidental. Tiene cicatrices extrañas que en los brazos, huellas indelebles de las torturas “sanitarias” que le aplicaron los esbirros de la monarquía alauí.

No habla español, pero sí sabe decir una palabra, Revolución, ese es el significado del nombre que su esposa (violada por cinco gendarmes marroquíes al término de una de sus visitas carcelarias) y él decidieron ponerle a su hija, Thawra.

Brahim Noumria también es saharaui, pero, al contrario que Tamek, sonríe mucho. Fuma y sabe mantener el cigarro con los labios mientras prepara té para todos. Lo conocí junto a su amigo Brahim Dahan, quien, desde hace un año, comparte presidio con Tamek, primero bajo la amenaza de ser sentenciados por un tribunal militar, que podía condenarlos a muerte, y ahora sometidos a la arbitrariedad escandalosa de una jurisdicción penal que ha aplazado por tres veces la vista del juicio y que, a día de hoy, un año después de su encarcelamiento, aún no ha puesto una fecha oficial para que sean juzgados.

A Noumria se le nota una dentadura enferma. Un compatriota suyo me contó que no hay médicos para los saharauis en los presidios del Majzen y que a Noumria, estando en la cárcel, la boca se le había infectado tanto que una anciana, presa como él, le había recomendado que orinaran en ella para poder aliviar el dolor y la inflamación. Uno de sus compañeros de celda lo hizo y, pese a la mejoría inmediata, el remedio ancestral no pudo sanar el daño apoderado aquellos dientes y encías.

Hasam Rimawi, palestino, entró en la cárcel a los 18 años y, con apenas 21, hablaba con la firmeza de quienes saben que su vida no acaba en ellos y que tampoco les pertenece en exclusiva. Hasam, con un combate librado en cada palabra, reflejaba la determinación del pueblo de Palestina por defender su historia, su tierra y, en suma, su existencia, frente a un enemigo mucho más poderoso en armas, pero incapaz de vencerlo. Un amigo periodista lo invitó a que dijera un nombre y él casi disparó: “Jamal al-Durrah (1), un símbolo para Palestina, un ejemplo de lo que hace el ejército israelí en nuestra tierra. Contra ese ejército muchos jóvenes y niños lanzamos piedras y, por eso, nos acusan y nos meten en la cárcel. Pero vamos a seguir haciéndolo, cada día más”.

En algún momento Hassan nombró a Cuba: “…..de ahí es Fidel”.

Aminettou y ellos Aminettou, como Noumria, Tamek y Dahan, es hija del pueblo saharaui, fuerte y amable en idénticas proporciones. Delgada, con la piel color canela y unos ojos extremadamente frágiles por el vendaje con el que sus carceleros marroquíes la obligaron a permanecer durante los cuatro años que estuvo desaparecida.

A Aminettou Haidar la vi la última vez el 6 de noviembre de 2009 y, una semana después, muchos de los que compartimos trabajo con ella aquel día nos lanzamos a las calles para gritar alto la bajeza de los Gobiernos de España y Marruecos que la expulsaron y la confinaron en el aeropuerto de Lanzarote; para reclamar su regreso a El Aaiún, a su país y con sus hijos.

Hoy, casi un año más tarde, mientras salvo estos recuerdos de los presos que conozco, pienso en los 3.500 muertos causados por atentados terroristas en Cuba. Pienso también en las más de 2 mil víctimas con secuelas permanentes que se suman a estos crímenes. Pienso en Girón; en el bloqueo.

Pienso en Elián González, en el terrible historial de la Ley de Ajuste cubano, en los diplomáticos asesinados, en el turista italiano que murió tras la explosión de una bomba en un hotel de La Habana.

Pienso en la dura misión que aceptaron desempeñar Los Cinco; en los sangrientos planes que descubrieron y pudieron frenar; en las vidas que salvaron.Pienso en su juicio y en sus condenas; pienso en el hueco, donde no ha de haber tiempo o cada minuto debe durar todo el tiempo, no sé.

Con ellos, Los Cinco, nunca he hablado pero sé que son mucho más libres que los que intentaron meter sus ideas entre rejas. Sé que gozan de la libertad de resistir, de la libertad de ser dignos, de la libertad de ser leales a su pueblo y a la Revolución que los alumbró.

Los Cinco, mirándolo bien, se parecen mucho a los presos que conozco. Todos ell@s, acompañados siempre por millones de personas que en el mundo reivindican la libertad del Sáhara, la libertad de Palestina, y que Antonio, René, Fernando, Ramón y Gerardo vuelvan ya a Cuba, comparten una libertad que no cité antes: luchar.

Nota:

(1) Muhammad Jamal al-Durrah, niño palestino asesinado por el ejército israelí en la Franja de Gaza, el 30 de septiembre de 2000, en los primeros días de la Segunda Intifada.

ML.González es periodista, miembro de la Plataforma Canaria de Solidaridad con los Pueblos.

recibido en koepyahu

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