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Los Mártires de Chicago: historia de un crimen de clase en la tierra de la “democracia y la libertad"

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Los Mártires de Chicago: historia de un crimen de clase en la tierra de la “democracia y la libertad"

José Antonio Gutiérrez D.
Rebelión


Este documento fue escrito en el 2010 como introducción al libro "Los Orígenes Libertarios del Primero de Mayo: de Chicago a América Latina" (Ed. Quimantú, Hombre y Sociedad, Libre Iniciativa), volumen que recogía contribuciones históricas sobre los orígenes del Primero de Mayo como día de protesta obrera y sus vínculos con el movimiento anarquista de comienzos del siglo XX*. Esta introducción ponía los sucesos de Chicago de 1886 en el contexto de un movimiento de matriz libertaria y obrera, que se convirtió en una amenaza para la clase capitalista en los EEUU. Explora cómo este evento logró capturar el espíritu de toda una época de luchas y cómo estos sucesos fueron parte de un movimiento internacional muchísimo más amplio. Al difundir este documento, espero no sólo hacer un homenaje a estos luchadores de hace más de un siglo, sino también ofrecer algunas reflexiones sobre su experiencia histórica concreta, con la esperanza de que puedan ser de utilidad para las nuevas generaciones de luchadores. -José Antonio Gutiérrez D., 1o. de mayo de 2017

Este libro no se habría podido editar sin la ayuda económica del Centro de Documentación "Franco Salomone".


Los Mártires de Chicago: historia de un crimen de clase en la tierra de la “democracia y la libertad”

El Primero de Mayo conmemora uno de los eventos más dramáticos de los albores del movimiento obrero, cuyas repercusiones se hicieron sentir en todos los rincones del planeta. En 1886 los EEUU se vieron sacudidos por una oleada de huelgas exigiendo las ocho horas de trabajo diarias, la cual fue violentamente reprimida, terminando con la ejecución de cuatro importantes dirigentes obreros: August Spies, Albert Parsons, George Engel y Adolf Fischer; un quinto, Louis Lingg, se había suicidado un día antes de la ejecución a fin de evitar la horca. Tres obreros más, Samuel Fielden, Oskar Neebe y Michael Schwab, debieron pasar varios años en la cárcel hasta que, en 1893, un gobernador les pusiera en libertad. El escenario de esta tragedia fue Chicago, una ciudad pujante, que entre las décadas de 1870 y 1890 creció a un ritmo acelerado, de 298.000 habitantes a 1.099.850, atrayendo a una abundante mano de obra inmigrante para cubrir las necesidades de la creciente industria: en esa época, al menos el 40% de la población de Chicago había nacido en el extranjero (censo de 1880), y un 75% de las familias eran de origen extranjero según otro censo realizado en 1884 [1] . Después de un incendio que en 1871 destruyó a la ciudad casi por completo, ésta fue reconstruida, literalmente, de las cenizas, lo cual produjo un importante estímulo económico. La ciudad no solamente cambió de aspecto después del incendio: antes era una ciudad primordialmente comercial, y después, se convirtió en un centro dinámico del desarrollo industrial norteamericano, donde las principales industrias fueron la carne, metalurgia, maquinaria pesada, textil e imprenta. El 45% de la población era parte del proletariado industrial [2] . Es al alero de esas industrias donde se desarrollará el movimiento sindical y anarquista de Chicago.

Pero estos no son años solamente de crecimiento económico, sino que son también años de gran violencia de clase: los trabajadores eran frecuentemente reprimidos por la más mínima demanda, el espíritu colectivo era constantemente aplastado y destrozado mediante la criminalización de toda forma de organización y de toda acción mancomunada para que los trabajadores mejoraran su condición social. Casi todas las huelgas, las cuales eran por lo general espontáneas y motivadas por el hambre y la desesperación, eran intervenidas por la milicia, con varios trabajadores muertos. Agentes privados, los odiados “Pinkerton” infiltraban las organizaciones obreras en labor de espías o para causar divisiones, o bien prestaban abiertamente sus servicios como mercenarios, protegiendo a los rompe huelgas o reprimiendo manifestaciones. Si una huelga no se podía controlar, aún pese a la intervención de la milicia, de los Pinkerton y de los policías, las clases dominantes por lo general recurrían a formar organismos de tipo paramilitar para asistir la represión (que en América Latina también se estrenaron bajo el nombre de “guardias blancas”), los cuales a sangre y fuego imponían el orden, asesinando en total impunidad. Y en caso de que aún todas estas fuerzas combinadas no pudieran controlar a los insubordinados, siempre estaba la posibilidad de enviar a las tropas federales. Como se ve, la cuestión social aparecía al desnudo, sin mecanismos de arbitraje legal, sino como una descarnada guerra de clases sociales. En estos años, un importante capitalista llamado Jay Gould, podía bravuconear diciendo “yo puedo contratar a la mitad de la clase trabajadora para que asesine a la otra mitad, si quiero”.

No es exagerado decir que el espíritu del Far West, del Salvaje Oeste, era el espíritu que animaba a la empresa capitalista norteamericana: violencia, corrupción, robo, saqueo, todos los medios servían con tal de enriquecerse. Es acá donde encontramos el origen de las grandes fortunas de la plutocracia yanqui de hoy, no en el “honesto sudor” de sus antepasados como quisieran hacernos creer. Pero este espíritu de Far West capitalista intoxicaba al conjunto de la estructura social. Sobre los trabajadores se intentaba inculcar por todos los medios el mismo espíritu egoísta y competitivo que animaba a los capitalistas norteamericanos, que sin ninguna clase de consideración explotaban descarnadamente al obrero mientras competían con los otros empresarios por todos los medios imaginables, incluida la corrupción y la violencia, naturalmente. Para evitar el menor asomo de solidaridad de clase, se buscaba poner al trabajador alemán contra el irlandés, al escandinavo en contra del polaco, y al nacido en suelo estadounidense, en contra de todos los inmigrantes. En estas condiciones, la clase obrera, cansada de ver su protesta pacífica ahogada en sangre, comenzó a agruparse según origen étnico y a responder con furia ciega a la violencia de los de arriba: los Molly Maguires, por ejemplo, respondieron a la fuerza con fuerza en las minas de Pensilvania en la década de 1870. Los Molly Maguires fueron una sociedad secreta que se dedicaron, junto a organizar y dirigir las disputas laborales de los mineros irlandeses, a sellar mediante el revólver las disputas con empleadores abusivos, los cuales, las más de las veces, también sellaban con plomo la protesta de los mineros en esta región, que había vivido una fuerte oleada huelguística desde la década de 1840 y cuyas organizaciones sindicales habían sido reprimidas y perseguidas violentamente, sobretodo durante las huelgas que azotaron Pensilvania en 1875 [3] . Varios empresarios mineros fueron sencillamente llenados de plomo luego de alguna disputa con un minero irlandés, capataces groseros eran golpeados y a veces asesinados, carneros (rompe huelgas) muchas veces recibían un trato en nada diferente. Esta primera experiencia de resistencia obrera, incapaz de unir a los obreros irlandeses con sus hermanos de clase de otras nacionalidades, terminó con 19 líderes en 1877, y 2 más en 1879, asesinados en la horca –todos irlandeses, todos mineros, todos líderes de las importantes huelgas del carbón en 1875 [4] .

Los años del surgimiento de estas organizaciones de autodefensa, fueron años de aguda crisis económica a la sombra de la depresión de 1873: el crecimiento industrial acelerado por el que atravesaba el país, requería la intensiva construcción de infraestructuras, obras, que a su vez requerían de grandes préstamos e inversiones, sin respaldo y sin retorno inmediato. Basto la quiebra de un banco para que la economía estallara inmediatamente en pedazos, golpeando a los proletarios con una fuerza cruel y arrojando a millones al hambre y al frío. El espectro del hambre hizo que más y más trabajadores expresaran organizada o desorganizadamente su descontento y exigieran condiciones mínimas de existencia: la respuesta de los capitalistas y de las autoridades, como se puede suponer, fue brutal. Un momento crítico, que marcó profundamente a los militantes obreros de la década posterior, fue la huelga de los ferroviarios en 1877. Cuando en Junio de ese año, la Baltimore & Ohio Railroad anunció que reduciría los magros salarios de sus obreros, los cuales apenas alcanzaban para cubrir las necesidades más básicas, los obreros de esa línea se declararon en huelga, sumándose a ella inmediatamente otras líneas, generalizándose la huelga entre los ferroviarios de la costa Este de los EEUU. Importantes capitalistas del sector, como Thomas Alexander Scott, pidieron inmediatamente que se diera “una dieta de rifles a los obreros, a ver si gustaban de ese alimento” [5] . Las 20.000 tropas de la milicia movilizadas para efecto de la represión y la policía inmediatamente comenzaron a ejercer violencia en contra de los huelguistas, los cuales respondieron con cualquier objeto que tuvieran a mano. Este combate desigual terminó en una carnicería en contra de los obreros: 10 asesinados en Maryland, 40 en Pittsburgh, 12 en Baltimore, 16 en Reading, 10 en Cumberland, entre 25 y 50 en Chicago... en total, se estima, según las cifras más conservadoras, que al menos 100 obreros fueron asesinados de la manera más cobarde, por instigación directa del empresariado. Esta represión atroz reforzó las posiciones de aquellos que sostenían la necesidad de responder al plomo con plomo y de formar organizaciones de auto-defensa obrera. Convenció, además, a muchos de los que hasta entonces creían ciegamente en la bondad intrínseca de las instituciones, que la lucha de los trabajadores por sus derechos encontraría una resistencia homicida por parte de la patronal, que no sería sabio enfrentar con las manos vacías –entre ellos encontramos a Albert Parsons, quien como dirigente de los obreros tipógrafos, fue despedido, pasado a lista negra y casi fue asesinado por esbirros de la patronal durante esa movilización [6] .

La “cuestión social” comenzó a perfilarse en medio de ese proceso de industrialización acelerado, de esa oleada de inmigración que reunía diversas tradiciones socialistas y organizativas, y al calor de esa violencia fanática de las clases dominantes hacia cualquier forma de reivindicación obrera. En este contexto, nacieron organizaciones como la Noble and Holy Order of the Knights of Labor (Noble y Sagrada Orden de los Caballeros del Trabajo, KoL), una organización inspirada en la masonería y que propugnaba por mejora en las condiciones de vida de los trabajadores y una línea de conciliación de clases, que rechazaba las huelgas y que aceptaba no solamente a trabajadores, sino que también a empleadores en sus filas: pese a su orientación más bien conservadora y a que en general tenía connotaciones incluso racistas (en muchas secciones locales se impedía la participación de negros y fue una organización que no solamente apoyó la legislación que en 1882 limitaba el ingreso de chinos a los EEUU, sino que algunos de sus miembros participaron en masacres y linchamientos de chinos), su carácter de masas, con alrededor de 700.000 miembros durante su apogeo en 1886, significó que muchas secciones locales se radicalizaron, se opusieron a los prejuicios y la colaboración de clases dictada por su dirigencia, y que algunos anarquistas y socialistas ingresaron en sus filas para labores de agitación –entre ellos, Albert Parsons. También surgieron organizaciones sindicales que con el tiempo se dividieron según orientación política en sindicatos “gremialistas” o “progresistas”, en una práctica conocida como el “dualismo sindical”. También surgieron expresiones políticas de la clase trabajadora, como el Socialist Labor Party (Partido Socialista Laborista, SLP): hacia 1879 el SLP logró importantes triunfos electorales; sin embargo, la incapacidad de realizar reformas de alguna importancia, así como la reproducción de viejos hábitos clientelistas entre algunos de los representantes del partido, llevaron a una discusión en torno a la futilidad del electoralismo. Esta discusión llevó a la polarización del partido en torno a la cuestión de las tácticas, polarización exacerbada por los fraudes electorales de 1880: la burguesía, temerosa de mayores cuotas de poder para los socialistas, hicieron fraudes masivos y descarados para favorecer a sus propios candidatos.

Esta amarga experiencia llevó a que hacia fines de 1880 se perfilara una corriente que buscaba el quiebre con el electoralismo, abogando por la acción directa, y que hablaba, sin falsas vergüenzas, sobre la inevitabilidad de la violencia revolucionaria. Estos sectores se autodenominarían a sí mismos “Social Revolucionarios” y aún no se definían explícitamente como anarquistas, aún cuando la influencia anarquista ya comenzaba a hacerse sentir en las tierras del dólar: en enero de 1881 había aparecido en Boston el primer periódico anarquista de los Estados Unidos, “The An-Archist”, editado por el Dr. Edward Nathan-Ganz, en el cual colaboraron algunas eminencias del movimiento revolucionario internacional, incluidos Johann Most, entonces aún un social revolucionario y de quien hablaremos un poco más adelante y Adhémar Schwitzguébel, amigo personal de Bakunin y figura clave del ala anarquista de la Primera Internacional (pese a su nombre y a su contenido, este periódico se autodefinía como Social Revolucionario). Nathan-Ganz, posteriormente, participará en el Congreso Social Revolucionario de Londres, en Julio de 1881, en el cual se fundó la llamada “Internacional Negra”, la cual en realidad jamás tuvo una existencia real, pero cuyas resoluciones tuvieron algún eco entre los círculos revolucionarios de EEUU, particularmente en Chicago, donde los sectores descontentos con el SLP se decidieron a organizarse según sus recomendaciones [7] .

Social Revolucionarios y Anarquistas

El término Social Revolucionario, es relativamente elástico, agrupando una amplia gama de tendencias políticas aún en definición, que compartían entre sí la defensa de la violencia revolucionario y el rechazo al reformismo electoralista. En varios casos, el término era utilizado como sinónimo de anarquismo, como por el Dr. Nathan-Ganz. En el caso de los militantes de Chicago, así como del grupo Freiheit (Libertad) de Londres liderado por Johann Most, indicaba una especie de transición entre la socialdemocracia y el anarquismo revolucionario. Most, veterano del partido socialdemócrata alemán, que sirvió en el parlamento, el Reichstag, por algunos períodos y que en él se desencantó del electoralismo, y que luego fue expulsado de este partido por sostener ideas radicales, define de manera muy clara el programa de ese momento de los Social Revolucionarios en el siguiente artículo de 1880:

“Concluimos que es un error el creer que el Estado democrático es el medio mediante el cual los trabajadores, mágicamente, podrán construir el socialismo... Quien sea que busque un orden completamente nuevo de cosas, no se meterá en la cabeza cosas ya manoseadas por la burguesía en su infancia. Una nueva sociedad no puede moldearse según fórmulas políticas anticuadas.

Quien sea que piense en una transformación general de la sociedad, debe consecuentemente ser un revolucionario. Y debe serlo en el doble sentido del término. Primero, porque el derrocamiento del orden existente es a las claras el objetivo del término revolución; y en segundo lugar, porque resulta claro también que este derrocamiento será hecho por medios violentos. Pues solamente los sofistas y los ignorantes pueden recitar al pueblo el sin sentido de una “revolución pacífica” del conjunto de la sociedad...

Llamarse a uno mismo revolucionario, sin más especificaciones, sin embargo, también resulta cuestionable. Puesto que los revolucionarios son también aquellos que piensan solamente en una transformación política y no quieren más que reemplazar a la autocracia por un régimen constitucional... Por consiguiente, debemos denominarnos social revolucionarios.

Con este término manifestamos nuestra intención de transformar a la sociedad, y como la sociedad actual no puede ser destruida en pedazos sin, al mismo tiempo, destruir su soporte político, el Estado moderno, la revolución social abarca, no es necesario aclararlo, la revolución política.

La revolución social debe consistir... en nada menos que la más absoluta destrucción de todos los instrumentos existentes del “orden”, para así tener un amplio margen para construir una sociedad en armonía...

Uno no debe temer en absoluto a esta desintegración general de las cosas puesto que ella precede inevitablemente a la reconstrucción. Para asegurar que durante este breve período de transición la humanidad no se desmorone como la arena, habrá un factor que ha de servir como cemento –para este fin visualizamos al pueblo revolucionario en armas...” [8]

Estas ideas definen muy bien al programa de los Social Revolucionarios liderados por Most, y a los grupos de obreros revolucionarios en Chicago. En este espíritu, y con el ejemplo del Congreso de Londres, en octubre de 1881 se convocó a un Congreso Social Revolucionario en Chicago, entre los días 21 y 23, bajo el nombre “Congreso de Socialistas de los EEUU”. En él, pese a que solamente participaron 21 delegados, se destacó la participación de tres compañeros que en los años posteriores tendrían una importancia capital en el desarrollo del movimiento obrero y revolucionario de Chicago: Michael Schwab, August Spies (quien actuó como secretario del Congreso) y Albert Parsons. Este Congreso aprobó las resoluciones del Congreso de Londres (que versaban sobre la “propaganda por el hecho”, es decir, los golpes violentos a los representantes más odiados del régimen como mecanismo para despertar a la clase trabajadora), llamó a los obreros a organizar cuerpos armados de auto-defensa, condenó la propiedad privada y el régimen del trabajo asalariado, y se solidarizó de las luchas de los populistas rusos y de los anti-imperialistas irlandeses. De esta convención nació el Revolutionary Socialistic Party (Partido Socialista Revolucionario -RSP), pero desde su nacimiento esta organización se vio entrampada en diferencias tácticas (se siguió participando de las elecciones, por ejemplo, para demostrar su “futilidad”) y su estructura orgánica era demasiado laxa como para tener eficacia alguna. Fue solamente en Diciembre de 1882, con la llegada de Johann Most a los Estados Unidos desde Londres, quien ya se había convertido al anarquismo, que este núcleo militante adquirió una dinámica que le convertiría en una poderosa corriente revolucionaria y libertaria, que dejaría una impronta indeleble en la historia de la clase trabajadora [9] .

El Congreso de Pittsburgh (octubre de 1883)

La llegada de Johann Most fue como un vendaval que infundió vida nueva en el movimiento obrero y revolucionario en los EEUU. Su recepción fue propia de un héroe, miles de obreros iban a escuchar sus arengas y sus discursos repletaban los salones de varias ciudades donde anduvo de gira. Por un período de un año, junto a varios compañeros, incluidos algunos que terminarían en la horca, se entregó absolutamente, con pasión febril, a la agitación y propaganda revolucionaria, con miras a organizar las fuerzas anarquistas para prepararse a la revolución inminente. Los anarquistas veían en la crisis económica aguda, en las condiciones de miseria materiales absolutas del pueblo, en su desesperación, en la violencia de clase generalizada, los signos que anunciaban la inminente llegada de la revolución. Los anarquistas no hacían una defensa ciega de la violencia- en palabras de Adolf Fischer: “Aquellos beneficiados por la actual organización social ¿cederán pacíficamente sus privilegios? Esa es la cuestión. Si los anarquistas estuvieran convencidos que esto es posible, serían los seres más felices del planeta. Pero en base a la experiencia concluyen que las clases privilegiadas no cederán a la razón, sino que se aferrarán a sus privilegios por la fuerza y que por tanto un conflicto general entre estas clases diametralmente opuestas es inevitable” [10] . Engel se expresa en los siguientes términos ante la inevitabilidad de la revolución: “No me gusta la guerra, pero me doy cuenta de que una revolución violenta se viene, debe venir, no como fruto de los obreros, sino que de los capitalistas” [11] . Durante una conferencia, Spies expresaba lo siguiente: “Una revolución es un levantamiento abrupto -una convulsión del organismo social febril. Nosotros preparamos a la sociedad para ese momento” [12] . Ellos se entendían así mismos como aves que auguraban el futuro mejor, como apóstoles de lo inevitable, cuyo rol era preparar a los trabajadores para el choque final de las clases y para la vida nueva que seguiría.

Esta mentalidad redentora de la humanidad es la que dominó al Congreso de Pittsburgh, celebrado los días 14, 15 y 16 de octubre de 1883, el cual marcó un punto de quiebre en el desarrollo del movimiento libertario de Chicago y de los Estados Unidos. Este Congreso, decía Most a August Spies en una carta de Julio de 1883, debía sentar las bases para una “partido internacionalista, federalista y revolucionario, sin un ejecutivo, sin una agencia central, sin funcionarios pagados” [13] . A él llegaron representantes de 26 ciudades de todo el país; sin embargo, el grueso de la militancia libertaria se concentraba en la región nororiental, aquella que presentaba el centro más dinámico del desarrollo capitalista: Chicago, Nueva York, Filadelfia, Pittsburgh, St. Louis. También participaron representantes venidos de Canadá y México.

El consenso del Congreso en torno al rechazo del electoralismo, el fomento de la acción directa, la necesidad de la lucha armada para el derrocamiento del capitalismo fue abrumador. Un importante punto de discusión fue el rol de los sindicatos en la lucha revolucionaria: mientras los delegados de Nueva York, con Most a la cabeza, guardaban ciertas desconfianzas en el sindicalismo por considerarlo de naturaleza reformista, que en sus negociaciones retrasaba el advenimiento de la revolución y por sus derivas burocráticas [14] , los delegados de Chicago, con Parsons y Spies a la cabeza, defendían el rol primordial del sindicalismo y de la lucha por ciertas reformas a favor de la clase obrera, como escuelas de lucha revolucionaria, a la vez que se oponían frontalmente al sindicalismo gremialista y reformista. El sindicato era a la vez instrumento de lucha contra el capitalismo, y embrión económico y social de la sociedad post-revolucionaria. A esta posición que propugnaba por un sindicalismo militante, de base, revolucionario, se le conoció como la “línea de Chicago” y fue la posición dominante de la mayoría de los delegados [15] .

La visión política de los elementos radicales que se congregaron en el Congreso, se plasmó en el “Manifiesto de Pittsburgh”, redactado por un comité compuesto por Johann Most, Albert Parsons, August Spies, Victor Drury (revolucionario francés que llegó a EEUU después de la supresión de la Comuna de París en 1871) y Joseph Reifgraber (obrero metalúrgico, dirigente nacional sindical y editor del periódico anarquista Die Parole –La Palabra- de St. Louis). El Manifiesto tomó prestados los párrafos finales de un programa de unificación propuesto por Burnette G. Haskell, de la llamada Internacional Roja, organización del Lejano Oeste, con bases en San Francisco, Denver y en Chihuahua (México). Este documento se publicó originalmente en alemán e inglés, pero se tradujo posteriormente al francés, checo, yiddish y al castellano. Su circulación fue enorme: su tiraje inicial fue de 100.000 copias en inglés, 50.000 en alemán y 10.000 en francés, pero hubo varios tirajes posteriores. Tan sólo entre mayo y noviembre de 1885, según el registro del secretariado de propaganda e información, se vendieron 200.000 copias del Manifiesto, en inglés, alemán y checo. [16] [Ver documento completo del Manifiesto en el anexo]

La Asociación Internacional de Trabajadores (IWPA)

El Congreso marcó el nacimiento de la International Working People’s Association (IWPA), la primera organización marcadamente anarquista en los EEUU [17] , y en la cual confluyó toda la radicalidad de esos años de lucha. Su nombre, marcaba por una parte la continuidad de la tradición revolucionaria iniciada por la Primera Internacional, fundada por Carlos Marx en 1864 en Londres, y a la cual se sumarían los libertarios en 1868, marcando el primer intento de hacer un frente clasista y revolucionario de alcance internacional. De hecho, plantearon que esta organización sencillamente revivía a la Internacional [18] . Pero también marcaba una diferencia y era un enfoque mucho más incluyente, que no rechazaba a los elementos del llamado “lumpen proletariado” (los elementos marginados por el desarrollo capitalista de esa época y sin un lugar fijo en la producción) y también hacía un esfuerzo especial por organizar a las mujeres [19] : se destacaron en sus filas importantes compañeras como Lizzie Holmes, Lucy Parsons y Sarah Ames, sus postulados explicitaban abiertamente la igualdad de los sexos y se procuraba que las actividades políticas fueran familiares (picnics, por ejemplo) para facilitar la asistencia de las mujeres. Muy pocas otras organizaciones políticas de aquella época lograron tener una participación femenina tan importante, reflejado en la visibilidad de algunas dirigentes mujeres. Esta participación femenina horrorizaba de igual manera a la burguesía yanqui como en la Comuna de París las “petroleras” [20] horrorizaban a la burguesía francesa [21] .

Esta Asociación era internacional no tanto por su alcance a trabajadores extranjeros (su fundación se hizo sentir en Europa y América Latina, y surgieron bases del movimiento en Canadá y México [22] ), el cual pese a todo fue limitado, sino por su política internacionalista y por su composición multiétnica. En su seno se organizaron obreros de todo el orbe, formando una auténtica torre de Babel en que debían entenderse en por lo menos 12 idiomas diferentes. Aunque el movimiento era en su inmensa mayoría alemán (de acuerdo a las listas de miembros disponibles, aproximadamente un 45%), también se encontraban numerosos bohemios –checos- (15%), escandinavos (10%), estadounidenses (15%), irlandeses (5%), británicos, siendo el resto suizos, franceses, polacos, holandeses, belgas, rusos, canadienses, luxemburgueses e italianos [23] . Haber logrado organizar a esta masa de manera relativamente compacta, constituye el mayor logro de esta generación militante, que generó unidad donde todo confabulaba a la desunión y la competencia entre las comunidades inmigrantes.

El movimiento anarquista en Chicago organizó tanto a obreros calificados como a jornaleros y obreros sin ninguna clase de calificación. Se calcula, según un listado de 572 militantes anarquistas cuyos oficios se conocen, que el 40% de la IWPA eran obreros de manufacturas (mueblistas, textiles, tabacaleros, gráficos, etc.), un 20% eran obreros de la construcción (carpinteros, pintores, albañiles, canteros, estucadores, ladrilleros, etc.) y un 14% eran jornaleros sin ninguna clase de especialización. El resto, pertenecía a los más diversos oficios, desde telefonistas, tenderos, comerciantes, herreros, oficinistas, choferes, panaderos, cerveceros, amas de casa, matronas, profesores, hasta uno que otro periodista y doctor. ¡Incluso aparece hasta un adivino y un par de Pinkertons! En total, se estima que aproximadamente el 82% de los miembros de la IWPA eran trabajadores de cuello azul; el 18% eran trabajadores de cuello blanco, y de ese sector, tan sólo un 1% estaba en ocupaciones de alta profesionalización [24] . Era un movimiento eminentemente nacido de las entrañas de un pueblo explotado y pobre. Pero aún cuando la inmensa mayoría de los jornaleros y obreros sin calificación en Chicago estaban desorganizados (política y laboralmente), el anarquismo tenía fuerte llegada a esos sectores y mantenía capacidad de convocatoria y de movilización entre ellos mucho mayor que lo que se deduce de las estadísticas de militancia activa.

La organización se conformaba de diferentes grupos: en su mayoría organizados según etnicidad (alemanes, bohemios, escandinavos –principalmente daneses y noruegos- o angloparlantes –británicos, irlandeses o norteamericanos) o según la localidad de Chicago en que sus habitantes moraban. El movimiento estaba organizado primordialmente en base a criterios étnicos: con los altos niveles de inmigración que hemos visto, no era fácil la tarea de organizar a una clase obrera que hablaba en varios idiomas ininteligibles entre sí: por tanto las organizaciones sindicales, así como los grupos que componían la IWPA, se organizaban según lengua –alemanes, escandinavos (principalmente daneses y noruegos, en menor medida, suecos), bohemios (checos), angloparlantes (irlandeses, estadounidenses, ingleses).

Todos los grupos adherían al programa desarrollado en el Congreso de Pittsburgh y elegían un secretariado que era rotativo cada seis meses, para enfatizar la participación del conjunto de la organización y la democracia interna -adelantándose al sindicalismo revolucionario impulsado por los libertarios desde finales del siglo XIX, entendían a la organización revolucionaria como un laboratorio en el cual se ponían en práctica los principios que habrían de regir la vida futura: “¿Cómo podría esperarse que una organización autoritaria engendre una sociedad igualitaria y libre? (...) La Internacional, embrión de la sociedad humana futura, debe ser desde el primer momento la imagen fiel de nuestros principios de libertad y federalismo, y rechazar de su seno cualquier principio conducente al autoritarismo y la dictadura” [25] . La organización llegó a tener en Mayo de 1886 más de un centenar de grupos, con un promedio de 50 militantes cada uno [26] , pero con algunos grupos llegando a sobrepasar los 200 militantes [27] . Estos grupos, se concentraban en la zona nororiental que hemos mencionado, pero también existieron grupos en Denver, San Francisco, Nuevo Orleans, los centros mineros de Pensilvania, Michigan, etc [28] . Aunque es difícil saber exactamente cuántos militantes activos tenía la organización, Paul Avrich calcula que en 1883 habría nacido con unos 2.000 militantes y que a fines de 1885 habría alcanzado unos 5.000 militantes, llegando a tener unos 15.000 colaboradores [29] . En Chicago, que era la plaza fuerte de la IWPA, se estima que en 1886 la organización habría contado con unos 2.500 militantes activos y con un número mucho mayor de simpatizantes, muy probablemente 10.000 [30] , que se expresa en su capacidad de convocar movilizaciones multitudinarias [31] –el anarquismo se convertía así en el polo de atracción de los elementos revolucionarios e inconformes en Chicago, constituyéndose en el principal referente de izquierda. Hacia 1884, las filas del SLP se reducían hasta poco más de un centenar de militantes, mientras el anarquismo crecía imparablemente, fuerte y combativo [32] .

Un elemento fundamental, que vertebró al movimiento anarquista, fue la prensa: ella no solamente sirvió de canal de expresión y de agitación, escrita en un lenguaje provocativo, directo y sencillo; además, fue un importante sustento para la vida organizativa, siendo el punto en que se congregaban las diferentes visiones y experiencias que constituían el movimiento. Esta prensa, obrera y libertaria, fue políglota, al igual que el movimiento: la IWPA tuvo 14 órganos oficiales, 9 en alemán, 2 en inglés, 2 en checo y 1 en danés [33] . De ellos, solamente uno fue diario, el periódico alemán Chicagoer Arbeiter Zeitung (Periódico Obrero de Chicago), cuyo editor era Albert Spies. Michael Schwab también cumplía labores editoriales en ese periódico y Adolf Fischer trabajaba como tipógrafo. Este diario tenía, además, una edición dominical enfocada a la cultura, Die Fackel (La Antorcha) y una del día sábado Der Vorbote (El Heraldo). Estas tres publicaciones nacieron de la mano de la social democracia y luego se pasaron al campo anarquista. Otros periódicos de lengua alemana eran el Freiheit (Libertad) editado por Johann Most en Nueva York, Die Parole (La Consigna) de St. Louis, Die Zukunft (El Futuro) de Filadelfia, New England Anzeiger (El Informador de New England) de New Haven, el New Jersey Arbeiter Zeitung (Periódico Obrero de New Jersey) de Jersey City Heights y el mensual Die Anarchist (El Anarquista), editado en Chicago por Engel y Fischer, del cual tan sólo aparecieron cuatro números entre Enero y Abril de 1886. Este último periódico fue fundado por una base en Chicago que consideraba que el Arbeiter Zeitung no era lo suficientemente radical [34] . En danés apareció el Den Nye Tid (La Nueva Era), el cual también fue un periódico que se inició en la fase social demócrata para luego transitar hacia el anarquismo. En inglés, los periódicos fueron Nemesis editado en Baltimore y, de lejos el más influyente, The Alarm (La Alarma) de Chicago, editado por Albert Parsons y su compañera Lucy Parsons, una importante cabecilla del movimiento, quien irritaba a la clase dominante no sólo por ser mujer y anarquista, sino también por ser una mujer de color y estar casada con un hombre blanco, un verdadero sacrilegio en esa época. Por último, en checo, aparecieron el Budoucnost (Futuro) de Chicago y el Proletá? (Proletario) de Nueva York. También apareció en Chicago una publicación anarquista checa de corta vida llamada Lampcka (El Farol) [35] .

La prensa tuvo una importancia formidable: en Chicago, el Arbeiter Zeitung producía 5.780 copias todos los días, Die Fackel y Der Vorbote producían 12.200 y 8.000 copias semanales en 1886. The Alarm producía tres mil copias quincenalmente en 1886 y del periódico checo Budoucnost se editaban 1.500 copias semanales. Periódicos como Lampcka y Der Anarchist tenían publicaciones muchísimo más modestas, de algunos cuantos centenares de copias. El número de copias, debemos recordar, es una subestimación del número total de lectores de estas publicaciones, puesto que la mayoría de ellas circulaban ampliamente de mano en mano [36] . Junto a estos periódicos, se repartía abundante material de propaganda en forma de libros y folletos: durante 1885, como habíamos dicho, se distribuyeron en diversas lenguas 200.000 copias del Manifiesto de Pittsburgh, 25.000 copias del Manifiesto Comunista de Carlos Marx y Friedrich Engels, 10.000 copias de un folleto muy popular de Lucy Parsons titulado “A los Vagos” [reproducido en el anexo], 5.000 copias de folletos de Johann Most y más de 6.000 libros que incluían títulos de Bebel, Lasalle, Marx, Bakunin y Reclus entre otros. En total, se habían vendido 387.527 obras [37] . Esto da una buena idea de la amplia circulación y el interés existente en las ideas revolucionarias en aquel contexto.

Miembros de la IWPA, cansados de ver al movimiento sindical avanzar con pies de plomo y esclavo de las premisas ideológicas de la clase dominante en su desarrollo, se dedicaron a estimular sindicatos “progresistas” que tenían una orientación más radical, favorecían la acción directa y no temían a la convocatoria a huelgas. Es así como en Febrero de 1884 se llama a fundar la Central Labor Union (Central Sindical Obrera, CLU) en Chicago (ya existía una de igual nombre y similares principios en Nueva York); esta se constituye en Junio de aquel mismo año con ocho sindicatos “progresistas” [38] , los cuales llamaron a “la rebelión, en todo el país, de la clase expoliada, en contra de las instituciones económicas y políticas” [39] . Esta organización adoptó la organización de base y horizontal de la IWPA, con cargos rotativos y asambleas de base resolutivas, también adoptó como declaración propia el Manifiesto de Pittsburgh y sus métodos y fines eran abiertamente revolucionarios. El secretariado de la CLU se reunía en los mismos locales que la IWPA y convocaban conjuntamente a manifestaciones y actividades sociales. La mayoría de los dirigentes de la CLU eran también militantes de la IWPA, aunque había algunos que pertenecían al sector de izquierda del SLP. El historiador Paul Avrich revela que de los 400 miembros del sindicato progresista de carpinteros, casi todos eran anarquistas o simpatizaban con el anarquismo [40] . Esto es prueba de lo hondo que el movimiento libertario supo calar en la clase trabajadora de esos años. En 1886, la CLU contaba con 24 sindicatos, incluidos los 11 más importantes y numerosos de Chicago, agrupando a una masa activa de 28.000 obreros en la ciudad [41] .

Los anarquistas también participaron activamente de las organizaciones de autodefensa armada que formaron organizaciones sindicales en respuesta a la brutalidad policial y militar (las cuales eran posibles debido a las permisivas leyes norteamericanas sobre posesión de armas de fuego), y donde compartían espacio con algunos socialistas de izquierda, pese a que el SLP les restara oficialmente el apoyo en 1878 [42] . Tanto August Spies como Adolf Fischer pertenecían a una de las cuatro compañías de la Lehr-und-Wehr-Verein (Sociedad para la Instrucción y la Protección –fundada en 1875) de Chicago, la cual, pese a ser predominantemente alemana, incluía miembros de otras nacionalidades, incluida una compañía francesa. Esta organización, que fue la de mayor desarrollo, tenía probablemente unos 400 miembros en armas [43] . Otras organizaciones armadas reproducían esta organización étnica del movimiento: la alemana Jaeger-Verein (Sociedad de Tiradores), la checa Bohemian Sharpshooters (Francotiradores Bohemios), la irlandesa Fifth Ward Labor Guards (Los Guardias Obreros del Quinto Distrito) y la angloparlante International Rifles (Rifles Internacionales) [44] . Cada cual tenía su uniforme y armas. Ninguna de estas organizaciones se enfrentó con las fuerzas armadas del Estado; su rol pasó por preparar a los obreros para la revolución “inminente” y hacer de guardia en protestas y actividades sociales, donde su presencia sin lugar a dudas tuvo un rol disuasivo que impidió la perpetración de arbitrariedades por parte de la fuerza pública en más de una ocasión. Algunos sindicatos incluso, llegaron a disponer de ciertos fondos para el apoyo de estas organizaciones y para la adquisición de armamentos: a Louis Lingg, el joven delegado de un sindicato de carpinteros adherido a la CLU, se le encomendó supervisar esta tarea en su condición de dirigente sindical y ferviente revolucionario [45] .

Junto a su partido revolucionario, a su prensa y a su organización sindical, los elementos revolucionarios tenían una rica y vibrante vida cultural y social, que abarcaba al conjunto de la familia, mediante la existencia de sociedades de beneficencia y apoyo mutuo, grupos de teatro, coros, bandas musicales, escuelas dominicales para los niños, asociaciones de gimnasia y diversas festividades, desde bailes y picnics, hasta celebraciones en grande de eventos como la Comuna de Paris, o las marchas, que eran ocasiones en que también acudía el conjunto de la familia y en las cuales el elemento revolucionario ostentaba todo su poderío mediante el despliegue de sus emblemas, la procesión organizada de los militantes y de las compañías armadas de auto-defensa obrera. Esta vida social, más que nada, demostraba el afán anarquista de mejorar no solamente las condiciones materiales, sino también morales, de existencia de la clase obrera. Este movimiento, dice Bruce Nelson: “De las divisiones etno-culturales, linguísticas, de oficio, de género y de especialización producida por la industrialización acelerada, los anarquistas forjaron un sentido de solidaridad de clase (...) Con un programa de eventos que eran públicos y visibles, los socialistas y anarquistas alimentaron una cultura que era confrontacional y agresiva. Tanto el movimiento como su cultura eran auto-concientes y con conciencia de clase. Más aún, este movimiento amenazaba con infectar al conjunto de la clase trabajadora” [46] .

Ese temor a la “infección” revolucionaria de la clase trabajadora, ese miedo a la fuerza organizada del elemento libertario, explican la violencia y la histeria con la cual la plutocracia yanqui procedió a reprimir al conjunto del movimiento durante su clímax en la Huelga General de Mayo de 1886.

 

La Gran Huelga del 1º de Mayo de 1886

Desde la década de 1870 diversos intelectuales y algunos reformistas con simpatías por los trabajadores venían planteando la necesidad de instaurar una jornada de ocho horas mediante el parlamento y no mediante la acción misma de los trabajadores. Algunos socialistas y dirigentes sindicales asistieron a algunas conferencias en torno a esta cuestión (entre ellos, Albert Parsons), pero no se sacó nada en limpio de esto. Hasta que en Octubre de 1884 la Federation of Trade and Labor Unions of the United States and Canada (Federación de Sindicatos y Organizaciones Gremiales de EEUU y Canadá) deciden declarar que desde el 1º de Mayo de 1886 se establecería la jornada de ocho horas y que todos los medios para obtener ese fin eran válidos, aún la Huelga General. Esta reunión tuvo lugar en Chicago y se formó así una asociación para luchar por las 8 horas.

Sindicatos conservadores, temerosos de los disturbios, y los KoL miraron con recelo este llamado; estos últimos, por principio se oponían a las huelgas, aún cuando las bases locales de los KoL hayan participado y animado muchas de ellas. En un primer momento, los anarquistas y la IWPA también se opusieron a este movimiento, algunos en base a una argumentación principista. Decían que con esta reforma se buscaba frenar al movimiento revolucionario, que la revolución inminente no debía retrasarse, que esta reforma parcial era una manera de domesticar a la clase obrera. Otros, como Parsons y Spies, consideraban que era una batalla perdida. En palabras de Spies en un artículo suyo publicado en The Alarm el 5 de septiembre de 1885: “No somos antagónicos al movimiento por las ocho horas –ya que constituye una lucha social; sencillamente predecimos que es una lucha perdida” [47] .

Pero a fines de 1885 los ánimos comenzaron a cambiar, primero en los compañeros más permeados y experimentados en la lucha sindical, como Parsons, Schwab, Fielden y Spies, después en el resto. La influencia de la CLU fue decisiva: la clase obrera en su conjunto asumió esta lucha y arrastró con ella a los principales dirigentes anarquistas. El movimiento anarquista demostró en esta ocasión la clave de su éxito: que no solamente predicaba su credo, sino que también aprendía de la clase trabajadora, era un movimiento abierto, que escuchaba, libre de dogmatismos y que no reemplazaba la lucha de clases viva con argumentos recalentados de teoría muerta. En fin, era un movimiento que se constituía a sí mismo en el proceso de lucha.

En esas circunstancias, desde diciembre de 1885 ya encontramos a los principales dirigentes de la IWPA apoyando al movimiento por las Ocho Horas y a sus organizaciones a la cabeza de esta lucha en los principales centros obreros del país, pero sobre todo en Chicago, el principal foco de agitación obrera en todo el país. Como diría el historiador Bruce Nelson: los anarquistas le dieron un sentido militante y combativo al movimiento de las ocho horas en Chicago [48] .

Los anarquistas esperaban que la reforma, de ser conquistada mediante la lucha, abriera las puertas a una serie de victorias obreras que llevarían al socialismo. Otros creían que la oposición burguesa provocaría el esperado levantamiento armado de la clase obrera. Y otros veían en esta reforma una especie de escuela práctica para demostrar la futilidad de las reformas a la vez que los trabajadores ganaban experiencia en la lucha. Sea como sea, los anarquistas ayudaron en gran medida a convertir a este movimiento en un movimiento de masas dispuesto a luchar y triunfar.

Mientras los KoL –que se habían sumado de mala gana al movimiento y por presión de las bases más que de los dirigentes- y los sindicatos conservadores pedían, tímidamente, ocho horas de trabajo y sueldo equivalente a esas 8 horas, los anarquistas y la CLU exigían 8 horas sin reducción salarial por menor número de horas. El estilo confrontacional de los anarquistas no era ineficaz: el 1º de Mayo de 1886, sin necesidad de iniciar la huelga, diversas empresas en Chicago ya habían otorgado la jornada de ocho horas a 47.500 obreros, algunos habiendo logrado hasta un aumento salarial. Otros 62.500 obreros se fueron a huelga en Chicago, la inmensa mayoría haciéndose eco de las demandas de la CLU y de la IWPA, de ocho horas de trabajo con igual salario que según la jornada previa [49] . Pocos días después la huelga era total y abarcaba a 80.000 asalariados en la ciudad [50] .

Esta huelga fue una impresionante demostración de la fuerza del movimiento obrero organizado en los EEUU, donde más de 300.000 obreros abandonaron su puesto de trabajo, pero particularmente en Chicago. Es imposible que la huelga haya tenido la fuerza que tuvo sin la decisión y el apoyo que otorgaron al movimiento los anarquistas, quienes se convirtieron en los principales promotores de la huelga. Fueron ellos quienes organizaron charlas públicas y manifestaciones masivas, que agruparon a miles de obreros, las semanas previas a la convocatoria a la huelga [51] . Esta decisión de los libertarios está capturada en las opiniones de un anónimo anarquista entrevistado el 1º de Mayo por un periódico local en Chicago:

“Los trabajadores alemanes y bohemios se hayan absolutamente organizados y armados y lucharán para obtener sus objetivos. [Varios gremios] ya han obtenido la jornada de ocho horas, Los KoL son fundamentalmente estadounidenses e irlandeses (...) ellos se contienen y toman lo que les den, mientras que los alemanes y bohemios van a tomarse lo que ellos mismos quieren” [52] .

Sin embargo, y pese a los preparativos oficiales (la policía recibió nuevos hombres y nuevos “juguetes”), la huelga fue del todo pacífica. Era la calma que antecedió a la tormenta: como hemos señalado, todo movimiento obrero, toda actividad huelguística, era acallada mediante la más brutal represión. Diversas huelgas en el Estado de Illinois y en Chicago mismo, en el período 1884-1886, habían enfrentado una brutal represión. Por ejemplo, en Mayo de 1885, en Lemont, un grupo de huelguistas de una cantera local, fueron acribillados por la milicia: al menos dos obreros murieron y varios más fueron heridos gravemente, mientras el resto eran pasados por el garrote y la bayoneta [53] . Esta misma escena se repitió en numerosas otras ocasiones y todos estaban concientes de que la violencia podría desatarse con la menor provocación.

Tal provocación ocurrió el 3 de mayo, con la represión a los obreros de la fábrica Mc Cormick. Ese día la policía comenzó a atacar violentamente a los manifestantes: una marcha de 500 costureras, por ejemplo, fue atacada salvajemente, dejando a varias de ellas, apenas adolescentes, mal heridas. Pero los más graves enfrentamientos se vivieron en la fábrica de maquinaria agrícola McCormick, donde los obreros se encontraban en huelga y movilizados desde Febrero, mes en el cual el patrón Cyrus H. McCormick Jr. Había despedido a todos sus trabajadores y contratado a carneros que no estaban sindicalizados en retaliación por las conquistas que habían logrado los obreros mediante una huelga en 1885. Al término de uno de los turnos, el día 3 de Mayo, se presentó una escaramuza entre los obreros que protestaban fuera de la fábrica y los carneros que la abandonaban. La policía intervino con gran violencia, asesinando a por lo menos dos obreros (algunos informes de la época hablan de hasta seis muertos) e hiriendo gravemente a varios más [54] . En esos precisos momentos, Spies arengaba en las inmediaciones de McCormick a una masa de entre 5.000 y 10.000 obreros, convocada por el sindicato de trabajadores madereros, el cual le había nominado al término de esa manifestación su vocero en la negociación por la reducción de la jornada laboral [55] . Apenas terminado su discurso, Spies se dirigió al lugar de la carnicería, al cual ya antes habían concurrido algunos obreros de la manifestación de los madereros para solidarizarse en la lucha contra la policía, y el espectáculo de hombres, mujeres y niños heridos, sangrantes, siendo golpeados salvajemente por la policía lo asqueó en lo más profundo. Corrió apresuradamente a la redacción del Arbeiter Zeitung, escribió su famosa circular titulada “Venganza”, en la cual llama a los obreros a tomar las armas por los caídos en la planta de McCormick [56] [Documento completo en el anexo]. Esta circular tensó el ambiente y motivó a que se convocara una manifestación de protesta al día siguiente, por iniciativa de Fischer y Engel. El 4 de mayo, sin embargo, concientes del peligro, se trató de evitar provocaciones y se suprimió un primer borrador de la circular de la protesta que invitaba a los trabajadores a “armarse y asistir con toda su fuerza” a la manifestación. Spies no quería que la convocatoria sirviera de escusa para un nuevo derramamiento de sangre y como él sería uno de los oradores, pidió a Fischer suprimir esa parte de la convocatoria, a lo cual éste accedió.

La manifestación de Haymarket no tuvo el carácter masivo que los convocantes esperaban: en parte, porque el 4 de mayo fue un día agitado en el cual hubo múltiples enfrentamientos entre la policía y los huelguistas; en parte, porque ese mismo día había otras manifestaciones públicas convocadas, y en parte, porque el negro cielo amenazaba con lluvia. Creo que también influyó que la manifestación fuera convocada sobre la hora, sin especificar quién convocaba ni quién hablaría en ella: se decía que habría buenos oradores y que era convocada por el “comité ejecutivo”, sin especificar de qué. Con todo, se reunió una muchedumbre de unas 3.000 personas, quienes fueron arengados por Spies, Parsons y Fielden. Cuando éste último estaba a punto de terminar su arenga a las 10:30 de la noche, debido a que parecía que llovería en cualquier momento, y cuando no quedaban más de 300 asistentes, apareció, súbitamente, una patrulla de 175 policías bajo el mando del inspector Bonfield, dando orden de que la manifestación fuera suspendida. Fielden protestó diciendo que la manifestación era pacífica, el Capitán Ward insistió prepotente y agresivamente en que la manifestación fuera suspendida, a lo cual un asistente no identificado respondió arrojando una bomba que mató instantáneamente a un policía, dejando heridas a varias decenas de ellos. La policía, confundida, respondió disparando atolondradamente, a lo cual algunos obreros respondieron con tiros, pero la mayoría sencillamente arrancó y trató de salvar su pellejo ante la lluvia de balas policiales. Al final de esta escena, que duró tan sólo un par de minutos, yacían en el suelo más de sesenta oficiales heridos (la mayoría de ellos por las balas de sus propios camaradas que disparaban atolondradamente) y uno muerto. Posteriormente, la cifra de muertos en la policía sería de siete oficiales muertos. Del lado de los trabajadores, se estima que murieron entre cuatro y ocho, aún cuando jamás se sabrá a ciencia cierta [57] .

¿Quién arrojó la bomba? Hay quienes afirmaron que la bomba había sido arrojada por un agente provocador o por un detective, idea defendida por Albert Parsons en su famoso discurso ante la Corte del Estado de Illinois opinión [58] , y opinión que sostuvo su esposa Lucy Parsons hasta el fin de sus días [59] . Más parece ser que la bomba fue arrojada efectivamente por un anarquista, sobre el cual se ha especulado bastante, pero cuya identidad jamás se ha establecido [60] . Sea como fuera, los anarquistas defendieron, aún ante la tragedia que se desencadenaría con este fatídico suceso, la moralidad de aquella bomba arrojada a una fuerza policial que por años había atormentado a la clase obrera. En su juicio, Spies declaró: “Si yo hubiera arrojado la bomba, o hubiera instigado a que fuera arrojada, o hubiera sabido que esto ocurriría, no vacilaría un solo momento en reconocerlo. Es cierto que se perdieron unas cuantas vidas –y que muchos fueron heridos. ¡Pero también se salvaron cientos de vidas! De no haber sido por esa bomba, habría habido cien viudas y cientos de huérfanos, en vez de unos pocos como ahora” [61] . Haciéndose eco de esta opinión, George Engel declaró que “creo firmemente, que si aquel desconocido no hubiera arrojado la bomba, al menos 300 obreros hubieran sido asesinados o mal heridos por la policía (…) ellos pretendieron masacrar a los obreros, pero las cosas se dieron de otra manera” [62] . Otros anarquistas se expresaron de idéntica manera, entre ellos, Johann Most quien dijo que ese bombazo se justificaba legalmente como autodefensa y que en un sentido militar, había sido excelente [63] . Para ellos, este fue un chispazo de justicia en medio de varios golpes mortales recibidos durante años.

 

La persecución

Sea cual sea el origen de la bomba, lo cierto es que este ataque fue capitalizado por la clase dominante de Chicago: se decretó la ley marcial y se desató una feroz persecución sobre los anarquistas, y en general, sobre los sectores organizados de la clase obrera. Esta campaña estuvo orquestada desde los círculos de magnates de Chicago, que donaron U$100.000 con el fin de acabar con los “anarquistas” [64] , y movilizó, bajo la dirección del inspector Bonfield y del Capitán Schaack, a toda la fuerza policial y a un importante número de agentes, que secuestraron obreros, torturaron a otros en terribles interrogatorios en los cuales incluso sometían a los hijos de los anarquistas a tormentos [65] , mientras la prensa aullaba notas histéricas en contra de los “rojos”, “salvajes asesinos”, “escoria extranjera”, “basura humana” [66] . En esta tarea, fueron asistidos por la dirigencia conservadora de ciertas organizaciones gremiales, que querían mostrarse como “buenos muchachos” ante la patronal. Los KoL tuvieron un rol particularmente grotesco en este libreto, aún cuando Parsons haya sido miembro activo de esa organización. Un órgano de Chicago de los KoL, regurgitando la verborrea de Terence Powderly, jefe principal de esta organización que en nada se diferenciaba del discurso de la prensa capitalista, declaraba:

“Que el mundo entienda que los KoL no tienen ningún tipo de afiliación, asociación, simpatía o respeto por esta banda de cobardes asesinos, degolladores y ladrones conocidos como anarquistas, que merodean en este país como asesinos de medianoche, agitando las pasiones de extranjeros ignorantes, enarbolando la bandera roja de la anarquía y ocasionando desórdenes y derramamiento de sangre. Parsons. Spies, Fielding [sic], Most y todos sus seguidores, simpatizantes, auxiliadores y ayudantes debieran ser tratados mediante la justicia sumaria. No debiera tenerse con ellos más consideración que con bestias salvajes. Sus líderes son unos cobardes y sus seguidores unos imbéciles.

KoL los llamamos a boicotearlos; si uno de esta pandilla de maleantes ingresa, por alguna equivocación, a nuestra organización, expúlsenle sin más, señálenle como a un monstruo al margen de la ley. No se permitan conversar con ellos; trátenles como lo merecen, es decir, como monstruosidades humanas que no merecen simpatía ni consideración de nadie en este mundo ” [67] .

Estas declaraciones grotescas las reproducimos para vergüenza eterna de quienes, diciendo defender a los trabajadores, se disciplinaban del lado de los patrones y traicionaban a sus propios compañeros en momentos que la más cruda represión arreciaba y en momentos en que la vida de muchos corría peligro –hoy en día, aún existen quienes cumplen el mismo rol. Estas declaraciones hicieron que los KoL perdieran toda credibilidad a los ojos de la clase obrera y que después que se consumara el asesinato legal de los mártires, debido a este rol vergonzoso, entraran en crisis profunda y perdieran todo protagonismo en las luchas obreras por venir. Powderly, ansioso de ganarse los favores de la burguesía, contribuyó al declive de los KoL [68] . Hay que destacar, sin embargo, que no siempre las bases obreras se hicieron eco de la opinión de sus dirigentes y que muchas secciones locales de estos sindicatos o de los KoL participaron activamente en la defensa de los anarquistas perseguidos e injustamente encarcelados [69] .

La prensa burguesa repetía similares denuncias anti-anarquistas enardecidas, dejaba entrever el mismo fanatismo capitalista, pedía a grito más ametrallamientos a obreros y la horca para los líderes obreros de Chicago, pedían expulsar a extranjeros y socialistas, con notas llenas de misoginia y racismo. En este ambiente de ley marcial e histeria, cientos de compañeros fueron a parar a la cárcel, donde se les quería hacer “confesar” conspiraciones y planes demoníacos para incriminar a los líderes del movimiento anarquista, mediante la amenaza de prisión perpetua y horca; también buscaban las “confesiones” a cambio de prebendas, trabajo, dinero o más frecuentemente, a cambio de la libertad y de dejarlos de torturar [70] . Es de destacar, como testimonio de la entrega de los militantes libertarios de Chicago y de la firmeza en sus principios revolucionarios, que solamente tres aceptaron renunciar a sus principios y traicionar a sus compañeros. Quienes a cambio de dinero y otras migajas entregaron a los Mártires al verdugo fueron Gottfried Waller, Bernard Schrade y Wilhelm Seliger (mencionado a veces con la versión inglesa de su nombre, William Seliger) [71] . Sus testimonios comprados fueron instrumentalizados por la parte acusadora para dar “sustento” a los relatos de fábula de conspiraciones y planes maquiavélicos.

La plutocracia de Chicago había aprovechado la oportunidad presentada por los incidentes de Haymarket como la oportunidad perfecta para ir tras los principales líderes del movimiento obrero de esa ciudad, todos anarquistas y militantes de la IWPA, hombres a los que detestaban de todo corazón y que, cada cual con sus particularidades, representaban la amenaza revolucionaria que les quitaba el sueño. Así fueron tras de Parsons, Spies, Fielden, Schwab, Neebe, Engel, Fischer, Lingg y Rudolph Schnaubelt, cuñado de Schwab, a quien acusaron sin ninguna prueba de ser el hombre que efectivamente arrojó la bomba pero a quien nunca pudieron atrapar pues tras una breve detención, se les voló de la ciudad para siempre [72] . Albert Parsons también se escapó de la justicia: al ver que el clima represivo se deterioraba y presintiendo lo peor, salió de la ciudad residiendo por algunos meses en Waukesha, estado de Wisconsin [73] . Cuando comenzó el juicio (21 de junio), al no querer abandonar a sus compañeros a su suerte y sintiendo que su gran popularidad serviría para aumentar las posibilidades de los demás enjuiciados, Albert Parsons se entregó voluntariamente ante la Corte de Chicago [74] ; pese a que jamás volvería a ver la luz del día, Parsons nunca se arrepintió de haberse entregado en solidaridad con sus compañeros [75] . Es probable que Lucy Parsons, a quien las autoridades odiaban intensamente (por ser anarquista y mujer de color), solamente haya librado con vida pues la imagen de marido y esposa ahorcados, dejando a dos niños completamente huérfanos, hubiera sido demasiado sórdida y quizás las autoridades hubieran enfrentado oposición a ello aún de parte de las clases acomodadas de EEUU. Otro a quien las autoridades de Chicago querían ahorcar era Johann Most –aún cuando éste vivía en Nueva York, es probable que hubieran buscado la manera de extraditarlo, si no fuera por el hecho de que entonces, Most se encontraba preso por “incitación a la violencia” durante un discurso a fines de abril [76] . Eso le salvó la vida.

El juicio y la pasión de los Mártires de Chicago

El juicio a los Mártires fue una parodia de justicia. En realidad, no hubo ninguna prueba contundente en contra de ellos, no se comprobó que fueran ellos los que arrojaran la bomba y la única “prueba” en su contra fue que algunos de los artículos incendiarios escritos en la prensa anarquista de esos años “podrían” haber incitado a quien arrojó la bomba a hacerlo [77] . Se introdujo como evidencia, aparte de los testimonios comprados, artículos escritos en la prensa de la IWPA, que habrían supuestamente incitado a quien arrojó la bomba, y hasta la ropa ensangrentada de los policías heridos, lo cual obviamente no tenía nada que ver con el proceso judicial pero que serviría para excitar las pasiones de la prensa y el jurado [78] . En realidad, la parte acusadora, desde el comienzo, fue clara que a estos hombres se les juzgaba en su condición de anarquistas y líderes del movimiento obrero en Chicago, no porque la “evidencia” (inexistente, por lo demás) los inculpara de manera alguna. Tal cosa se desprende de las palabras del Fiscal Grinnell, jefe de la parte acusadora, dirigidas al jurado apenas terminado el juicio: “La ley está siendo enjuiciada, la anarquía está siendo enjuiciada. Estos hombres han sido seleccionados, escogidos por el Gran Jurado y acusados porque han sido líderes. No son más culpables que los miles de hombres que les siguen. Señores del Jurado, condenen a estos hombres, hagan de ellos un ejemplo, ahórquenlos y salven a nuestras instituciones, a nuestra sociedad” [79] .

La manera en que el juez Joseph Gary condujo el juicio demuestra que no había posibilidad de ninguna clase de imparcialidad: “Día tras día, él se hacía rodear de muchachas jóvenes y atractivas, bien vestidas (...) las cuales venían a una especie de teatro, susurrándose cosas al oído, sonriendo y comiendo dulces. Gary (...), al igual que las muchachas, parecía tratar el caso como un juego romano, en el cual los pulgares desde el comienzo apuntaban hacia abajo. Un día (...) Gary le mostró un crucigrama [a una señorita] mientras transcurrían los argumentos del caso. Otra joven señorita posteriormente declaró que el juez Gary le decía bromas y que pasaba la mayor parte del tiempo haciendo dibujos en lugar de poner atención a los testimonios” [80] . No había en realidad necesidad de poner atención: el veredicto ya estaba tomado. No viene al caso mencionar todos los pormenores del caso ni todas las irregularidades e iniquidades en ella cometidas. Digamos sencillamente que el juicio fue una mera formalidad para lograr el asesinato a sangre fría de siete de los anarquistas (a cambio de los siete policías que murieron en Haymarket) [81] . Parsons, Spies, Fischer, Engel, Lingg, Fielden y Schwab, fueron condenados a la horca, mientras que Oskar Neebe fue condenado a 15 años de

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