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El experimento bolchevique, la democracia y los críticos marxistas de su tiempo

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El experimento bolchevique, la democracia y los críticos marxistas de su tiempo

 Antoni Domènech
28/11/2016
Como hilo en la mar es la palabra /

Hondo sendero la acción labra”

(Henrik Ibsen, Casa de Muñecas, 1879)

 

El texto que se reproduce a continuación es la base escrita ampliada de la conferencia que Antoni Domènech pronunció en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) el pasado 26 de octubre en el marco de unas jornadas conmemorativas organizadas por la Comissió del Centenari de la Revolució Russa y por el grupo de investigación GREF-CEFID de la UAB. La conferencia fue seguida de un largo y animado debate, que ha tratado de incorporarse ahora al cuerpo del texto final y, sobre todo, a las notas a pie de página. Por los intercambios críticos habidos en ese debate, el autor se manifiesta particularmente agradecido a los historiadores Borja de Riquer y Enric Prat, a los sociólogos Joaquim Sempere, Edgar Manjarín y Jordi Borja, al politólogo Joan Botella y al economista Daniel Raventós, así como al doctorando Julio Martínez Cava. (SinPermiso publicó el pasado 26 de octubre el texto de la conferencia dictada por el historiador Josep Fontana en el marco de esas mismas jornadas conmemorativas: La revolución rusa y nosotros.)

En muchos sentidos, la Revolución Rusa de Octubre de 1917 fue el acontecimiento más determinante del siglo XX. Lo menos que puede decirse de su estallido es que fue inopinado. No menos sorprendente resultó para sus coetáneos el afianzamiento y la posterior consolidación del poder bolchevique en medio de todas las calamidades imaginables, incluida una espantosa Guerra Civil contrarrevolucionaria fomentada, primero, por el Estado Mayor de una Alemania Guillermina agonizante y, luego, por las potencias vencedoras de la Entente (Francia, Inglaterra y los EEUU), que se saldó con no menos de 8 millones de muertos entre bajas en combate y víctimas de hambrunas. A pesar de que hoy asociamos invariablemente el nombre de la Revolución Rusa al “marxismo”, lo cierto es que no resultó menos inopinada ni menos sorprendente para el grueso de los sedicentes marxistas de carne y hueso. Tanto para los marxistas partidarios de ella, como para los marxistas que se manifestaron críticos o aun abiertamente hostiles desde el primer momento.

Es sobradamente conocido que el joven Gramsci, deslumbrado por ella, habló inmediatamente de una “Revolución contra El Capital” de Karl Marx.[1]

Y uno de sus críticos socialistas más tempranos, Karl Kautsky –el “Papa del marxismo” de la época—, lo resumió retrospectivamente así:

“Yo me decía: Si Lenin tiene razón, vano habrá sido el trabajo de toda mi vida consagrada a expandir, aplicar y desarrollar el mundo de ideas de mis grandes maestros Marx y Engels. Yo sabía, naturalmente, que Lenin se pretendía el más ortodoxo de los marxistas. Pero si llegaba a tener éxito en lo que emprendía y prometía, eso sería la prueba de que la evolución social no sigue unas leyes rígidas y que es falsa la idea de que un socialismo viable no puede desarrollarse independientemente más que allí donde un capitalismo industrial superiormente desarrollado ha creado un proletariado industrial no menos superiormente desarrollado.”[2]

El éxito del bolchevismo, para bien o para mal, vendría a ser la refutación del “marxismo” entendido como teoría de una “evolución social” gobernada por unas “leyes rígidas”. Con raras excepciones, esa interpretación kaustkyana ortodoxa del legado intelectual de Marx y Engels era ampliamente compartida por la socialdemocracia del cambio de siglo, es decir, por el “marxismo” ortodoxo que se fabricó doctrinalmente y “se adaptó” a la Belle Epoque (1871-1914: entre el fin de la Guerra Franco-Prusiana y el estallido de la I Guerra Mundial).

El historiador conservador alemán Golo Mann (1909-1994) llamó celebérrimamente a esa época la “Era de la Seguridad”.[3] Lo mismo hizo el escritor austriaco Stephan Zweig (1881-1942), quien llegó a hablar nostálgicamente en sus aclamadas Memorias de una “era dorada de la seguridad”.[4] Y el que fue sin duda el más grande historiador de la Revolución Rusa en el siglo XX, el académico y diplomático británico de izquierda liberal E.H. Carr (1892-1882), trazó expresivamente en esos mismos términos el perfil general del mundo de su infancia y primera juventud:

“ ’Seguridad’ es la primera palabra que se me ocurre cuando miro retrospectivamente a mi juventud: ‘seguridad’ no sólo en las relaciones familiares, sino en un sentido apenas imaginable luego de 1914. (…) El mundo era sólido y estable. Los precios no cambiaban. Los ingresos, si cambiaban, lo hacían para subir –gracias a una prudente gestión—. Todo el mundo era así. Un buen sitio, que iba a mejor. Y este país lo dirigía por la buena senda. Había, sin duda, abusos, pero se les hacía –o podía hacérseles— frente. Se necesitaban cambios, pero el cambio era automáticamente cambio a mejor. Decadencia era un término a la vez enigmático y paradójico.” [5]

Fuera de Europa, los historiadores latinoamericanos, por ejemplo, hablan de ese tiempo, con más reticencia, como de la “Edad de oro del proyecto oligárquico”.[6] Y si atendemos retrospectivamente al conjunto del planeta, la palabra “seguridad” no sería lo primero que a uno se le ocurriría, y sí, probablemente, “decadencia”. Las hambrunas y catástrofes climáticas y humanas provocadas por la gran oleada de mundialización colonizadora capitalista que fue la Belle Époque en los 80 y en los 90 del XIX provocaron, sólo en China, la India y Egipto, más muertes que toda la Gran Guerra de 1914-18 en lo que Mike Davis ha llamado muy pertinentemente los “holocaustos tardovictorianos”.[7]

El principio del fin de la “Edad de oro del proyecto oligárquico” en América Latina –economías primarizadas orientadas a la exportación a un mercado mundial ya fuertemente oligopolizado— no fue la Gran Guerra de 1914, sino la Revolución Mexicana de 1910. Pero bien podría decirse que fue la Revolución Mexicana la que de verdad abrió el ciclo revolucionario que enterró a escala planetaria la “Era de la Seguridad”: la Revolución china de 1911, las dos Revoluciones rusas de 1917 (precedidas de la fracasada de 1905) y el rimero de revoluciones y contrarrevoluciones entre 1918 y 1939 (Alemania, Austria, Hungría, Italia, China, España, etc.) que culminó en la Guerra Civil española (1936-39), preludio trágico de la II Guerra Mundial.

Es significativo que la II Internacional socialdemócrata condenara sin reservas la Revolución Mexicana. Y más significativos aún los términos en que la condenó: era una revolución campesina plebeya (potencialmente anticapitalista, pues), cuando lo que estaba a la orden del día en un país como México era muy otra cosa, culminar una “revolución burguesa”. Su estallido, que tumbó al despotismo desarrollista –“progresista”, si así quiere decirse— de Porfirio Díaz violaba, entonces, como diría Kautsky años después de la bolchevique, las “leyes rígidas” de la “evolución social”. La Revolución mexicana –así se expresaba una declaración del Partido Socialista de Uruguay— carecería:

“… de una noción clara de la sociedad y de la historia (…) y no sabe, por tanto, que el capitalismo, en la fase histórica contemporánea, está en un momento culminante de la expansión y predominio del mercado internacional.”[8]

Rusia no era México, claro. Era, por lo pronto, un imperio autocrático multinacional largamente agrario: más de la mitad del ingreso nacional procedía del campo, más del 80% de la población era campesina, sólo una sexta parte vivía en las ciudades, y el proletariado industrial representaba, como mucho, la mitad de esa población urbana. Al tiempo que imperialmente colonizador, sin embargo, el Imperio de los Romanov estaba, a su vez, ampliamente colonizado por el capital extranjero: los inversores occidentales poseían el 90% de las minas rusas, el 50% de las industria química, más del 40% de las instalaciones de ingeniería y cerca del 42% de las acciones bancarias. Y Rusia, a diferencia de México, había estado desde el primer momento en el centro de las preocupaciones del socialismo internacional, muy particularmente, claro está, del alemán. Puede decirse sin exageración que la elite intelectual del socialismo ruso, en sus distintas corrientes, estaba perfectamente integrada en la discusión socialista europeo-occidental, en muy buena parte a causa del gran número de exilados del zarismo en Zurich, París, Londres, Viena o Berlín.

Es muy conocido ahora el intercambio epistolar de 1881 entre Marx (1818-1883) y la socialista populista rusa Vera Zasulich (1849-1919). En ese intercambio, Marx rectificaba la interpretación corriente de su obra El Capital como una especie de teoría universal de la historia, según la cual el modo de producir capitalista y la progresiva colonización por éste del conjunto de la vida social y económica era una fase ineluctable por la que había necesariamente que pasar para llegar al socialismo. Marx restringía históricamente la validez de lo dicho en el volumen I de El Capital (1867), el único que publicó en vida, a Europa occidental y, más particularmente, a Inglaterra:

“El análisis presentado en El Capital no da, pues, razones, en pro ni en contra de la vitalidad de la comuna rural, pero el estudio especial que de ella he hecho, y cuyos materiales he buscado en las fuentes originales, me ha convencido de que esta comuna es el punto de apoyo de la regeneración social en Rusia. Mas para que pueda funcionar como tal será preciso comenzar eliminando las influencias deletéreas que la acosan por todas partes y, acto seguido, asegurarle las condiciones normales para un desarrollo espontáneo.”[9]

Ya cuatro años antes, Marx pensó en enmendar epistolarmente al director del periódico ruso Otiechéstvennie Zapiski:

“… si Rusia persevera por el camino emprendido desde 1861, perderá la más hermosa oportunidad que jamás haya ofrecido la historia a un pueblo, y tendrá que apechar con todas las fatales vicisitudes del sistema capitalista.”[10]

Como se ve, eso no tiene nada que ver con “leyes rígidas de la evolución social”.

Es bien sabido que el “marxismo” conquistó fulminantemente a la intelligentsia rusa, no sólo radical, sino liberal también, en el último cuarto del siglo XIX. Se puede recordar, por ejemplo, que Marx tuvo una excelente relación científica y personal con el historiador republicano-demócrata de la comuna agraria rusa Maksim Kovalevsky (1851-1916).[11] Pero el “marxismo” que cuajó en Rusia no fue el de la carta a Vera Zasulich, que conquistó a la populista para la causa, ni el que había fascinado –sin llegar a “convertirlo”— al gran Kovalevsky, sino el de las supuestas “leyes rígidas de la evolución social”. La atrasada y autocrática Rusia tenía que pasar volens nolens por una fase de desarrollo capitalista antes de poder siquiera plantearse la realización de algo parecido al socialismo. Los liberales, los socialistas de cátedra y los llamados “marxistas legales” –como Pyotr Struve (1870-1944) o el gran economista ruso-ucraniano Mijail Tugan-Baranovsky (1865-1919)— leyeron indiscutiblemente a Marx como poco menos que un apóstol de la modernización capitalista.

En lo tocante a los socialistas políticos, tras el fracaso del socialismo agrario populista de los narodniki de la generación de Herzen, Bakunin y Chernichevsky –a la que el campesinado dio dolorosamente la espalda en la década de los 60 y 70— y tras el fracaso de la segunda generación populista-terrorista hipervanguardista de los narodnovoltsy en la década siguiente –el hermano mayor de Lenin, Sasha, fue ejecutado en 1887 por un atentado contra Alejandro III—, se formó una nueva generación de revolucionarios marxistas que, hostil al terrorismo conspiratorio y a lo que ellos entendían como acrítica glorificación del campesinado, optó decididamente por la organización democrática en forma de partidos y sindicatos obreros de masas. La enérgica industrialización de la Rusia del fin de siècle –en parte por “el camino emprendido desde 1861” de que habló Marx en 1877—y la consiguiente formación de un proletariado industrial fresco y combativo en Moscú y, sobre todo, en la capital Petesburgo vino a echar aquí una mano al nacimiento y consolidación de la socialdemocracia marxista rusa.

Lenin dijo una vez que Kautsky tenía más lectores en Rusia que en Alemania. Y era verdad. Hacia 1910, la polémica entre la ortodoxia del “papa del marxismo” y su gran contrincante “revisionista” de 1898, Bernstein, era casi una antigualla histórica en la socialdemocracia alemana. Ya en los últimos años de Bebel, una legión de funcionarios de partido –Legien, Ebert, Scheidemann, etc.— se había hecho con el control de la SPD, y para esos funcionarios el “marxismo” o cualquier idea teórico-política que no tuviera que ver con el día a día de la lucha sindical y parlamentaria y con la gestión cotidiana de la imponente contrasociedad civil que había ido levantando la socialdemocracia -esa maravillosa red de periódicos, revistas, editoriales, cooperativas, entidades financieras, universidades, clubs deportivos, teatros, bibliotecas, casas del pueblo, etc.— era poco más que un adorno cosmético carente del menor interés. Pero bajo la autocracia zarista, la situación era muy distinta. El marxismo ortodoxo retóricamente revolucionario de Kautsky tenía un gran público potencial. Rusia necesitaba una revolución que derrocara al zarismo y la constituyera como República democrática. No por casualidad, fue la polaca-rusa establecida en Berlín Rosa Luxemburgo –quien ya había polemizado con Bernstein en 1898 con argumentos mucho más inteligentes que los de Kautsky— la que agitó las aguas de la SPD en 1910 planteando como perentoria la necesidad de pelear por una República democrática en la próspera Alemania Guillermina a la que tan estupendamente parecía adaptarse la “bien probada táctica” de pacientes y continuos avances socialdemócratas.[12] La estólida respuesta de Kautsky, que había censurado previamente la publicación del texto de Rosa en la Neue Zeit, fue esta:

“Ya en su posición de partida anda errada. En el programa de nuestro partido no hay ni una sola palabra sobre la República”[13]

Seis años antes, en el Congreso de Ámsterdam de la II Internacional, se había asistido a un duelo entre el jefe de la socialdemocracia alemana, Bebel, y el jefe del ala republicana del socialismo francés, Jean Jaurès, inveteradamente enfrentado al sectarismo del supuesto “marxista ortodoxo” Jules Guesde. Criticando la política jauresiana de colaboración con la izquierda republicana pequeñoburguesa en la construcción y defensa de una República laica en la estela del caso Dreyfuss, Bebel llegó a decir:

“Por mucho que envidiemos a los franceses vuestra República, ni se nos ocurriría dejarnos cortar la cabeza por ella.”

Monarquía semiautocrática, o constitucional, o parlamentaria, o República, ya parlamentaria, ya presidencialista, no serían sino distintas formas de Estado burgués, aptas de distinta manera al mantenimiento del dominio capitalista de clase: esa era la idea central de Bebel. Aparentemente, la socialdemocracia alemana ya ni se acordaba de la durísima crítica del viejo Engels al Programa de Erfurt redactado por el propio Kautsky en 1891:

En la SPD se fantasea con la idea de que ‘la presente sociedad va creciendo hacia el socialismo’. Pero no se pregunta si con ello, y con igual necesidad, la sociedad crece desbordando su vieja constitución social, de manera que ese viejo caparazón, como el del cangrejo en crecimiento, tiene que estallar también violentamente. Como si en Alemania la sociedad no tuviera que romper además las cadenas de orden político todavía semiabsolutista (…) Se puede concebir que la vieja sociedad crezca y se desarrolle pacíficamente en el sentido de la nueva en países en los que la representación política concentra en sí todo el poder (…) pero proclamar eso en Alemania (…) y proclamarlo encima sin necesidad, significa aceptar la hoja de parra con que cubre el absolutismo sus vergüenzas, y atarse uno mismo a la propia indefensión.

Sea ello como fuere, la réplica del “heterodoxo” Jaurès al “ortodoxo” Bebel fue memorable y trágicamente premonitoria:

“Lo que hoy en Europa y en el mundo resulta un lastre para el mantenimiento de la paz, para el aseguramiento de las libertades políticas, para el progreso del socialismo y de la clase obrera, no son los supuestos compromisos, los ponderados ensayos de los socialistas franceses que se han aliado con la democracia para salvar la libertad, el progreso y la paz del mundo, sino la impotencia política de la socialdemocracia alemana. (…) Hay en el proletariado alemán ejemplos de admirable entrega. Pero en su historia no hay tradición revolucionaria alguna. No ha conquistado el sufragio universal en las barricadas.

Bebel murió en 1910. Cuatro años después, el 3 de julio de 1914, el enérgico pacifista internacionalista Jaurès fue asesinado por un nacionalista belicista de extrema derecha en París. Y sólo unas semanas después, en agosto, el maximalista ortodoxo Guesdes y los marxistas ortodoxos alemanes capitularon vergonzosamente y votaron en sus respectivos parlamentos los créditos de guerra y la union sacrée y el Burgfrieden con sus respectivas burguesías nacionales. Fue el final de la Internacional Socialista tal como la había concebido su principal fundador, Engels, en 1889.

La socialdemocracia rusa (mencheviques y bolcheviques) se mantuvo en posiciones internacionalistas y no apoyó la guerra. Los mencheviques apoyaban una paz incondicional justa y sin anexiones territoriales que pusiera fin a la carnicería. Los bolcheviques tenían eso por ilusorio, y abogaron desde el principio por poner fin a la Gran Guerra promoviendo guerras civiles de clase que derrocaran a las respectivas burguesías belicistas. Lenin no veía la Gran Guerra como un fenómeno excepcional y desgraciado que venía a interrumpir trágicamente la Era de la Seguridad, sino, lúcida y premonitoriamente, como el comienzo de un tiempo histórico radicalmente distinto:

“El imperialismo pone en riesgo el destino de la cultura de Europa: esta guerra no tardará en ser seguida por otras, a menos que haya revoluciones exitosas. Todo esta cháchara huera de la ‘última guerra’ es una peligrosa fabricación engañosa, ‘mitología’ filistea (…) La bandera proletaria de la guerra civil no sólo juntará a centenares de miles de obreros con consciencia de clase, sino a millones de semiproletarios y pequeñoburgueses (…) a los que los horrores de la guerra no sólo amedrentarán y deprimirán, sino que los ilustrarán, también; los instruirán, los espabilarán, los organizarán, los templarán y los prepararán para la guerra contra la burguesía del ‘propio’ país y de los países ‘extranjeros’. Y eso ocurrirá, si no hoy, mañana; si no durante la guerra, luego de la guerra; si no en esta guerra, en la próxima.”[14]

Tal como había pronosticado (y temido) el viejo Engels, la guerra cerró definitivamente la “Era de la Seguridad” y reabrió un ciclo revolucionario clásico a escala mundial como el que se había vivido entre 1789 y 1871.

Rusia, la potencia industrialmente más atrasada de Europa, conoció una primera Revolución en Febrero de 1917, que terminó con la monarquía imperial de los Romanov, y una segunda Revolución en Octubre, que derribó al gobierno provisional y transfirió todo el poder a los consejos (soviets) de obreros, campesinos y soldados. Y en Alemania, la potencia industrialmente más avanzada de Europa, la llamada Revolución de Noviembre de 1918 puso fin a la monarquía semiautocrática de los Hohenzollern. La Revolución rusa de Octubre de 1917 llevó al poder a los bolcheviques que, entre abril y septiembre de ese año, pasaron vertiginosamente de ser una minoría en los soviets a conquistar una amplia mayoría en ellos. La Revolución alemana de Noviembre de 1918 llevó al poder a una coalición de los dos partidos obreros en que se había escindido la socialdemocracia en 1916: la SPD, ahora llamada MSPD o “Socialdemocracia Mayoritaria”, y la USPD, el Partido Socialdemócrata Independiente en que habían terminado confluyendo viejos rivales: Kaustky, Bernstein y Rosa Luxemburg.

La potencia más avanzada y la más atrasada, Alemania y Rusia, se convertían ahora en laboratorios de dura prueba práctica para los distintos “marxismos” teóricos tan hondamente arraigados en ambos países. Por ejemplo, para las ideas de lo que era una revolución “burguesa” y una revolución “proletaria”, concebidas por el kautskysmo como etapas políticas correspondientes a distintos estadios de la “evolución social y sus leyes rígidas”.

Alemania era ya la primera potencia industrial del planeta y contaba con el más disciplinado, afianzado y multitudinario movimiento obrero del mundo. Pero la Monarquía Guillermina ni siquiera era una monarquía parlamentaria: era una monarquía semiautocrática puramente constitucional (como la austrohúngara o la española), en donde el Reichstag, además de ser políticamente impotente –no tenía capacidad para derribar un gobierno—, era elegido por un particular sufragio censitario que dividía a la población en tres categorías fiscales (Dreiklassenwahlrecht), a cada una de las cuales se asignaba un tercio de diputados. ¿Cómo tenía que entenderse, pues, la Revolución de Noviembre de 1918, como una revolución “burguesa” o como una revolución “proletaria”?

Y aun cuando muchos coincidían en que la Revolución rusa de Febrero de 1917 había sido una revolución “burguesa” porque, en efecto, había inicialmente llevado al gobierno provisional a una coalición liberal sin socialistas de ninguna tendencia, lo cierto es que, como todas las revoluciones supuestamente “burguesas”, vino de un levantamiento del pueblo trabajador, concretamente un 8 de marzo (del antiguo calendario gregoriano ruso), día internacional de la mujer trabajadora –una tradición que inauguraron Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin—, en el que decenas de miles de obreras se manifestaron en Petesburgo para protestar contra la escasez de alimentos y contra la guerra que se había llevado ya a tantos maridos, hijos y hermanos.[15] Y en la manifestación proletaria preinsurrecional ya mayoritariamente bolchevique del 18 de junio de 1917, los manifestantes se volcaron sobre la Avenida Nevsky de Petrogrado (como el pueblo trabajador de Barcelona la noche del 14 de abril de 1931) ¡cantando la –¿”burguesa”?— Marsellesa![16]

Precisamente, uno de los más perceptivos críticos coetáneos del experimento bolchevique fue el gran historiador francés Albert Mathiez (1874-1932), que venía desde comienzos de siglo renovando los estudios de la Revolución Francesa y que había rehabilitado completamente a Robespierre y al Partido de la Montaña contra todas las leyendas fabricadas en su daño a lo largo del siglo XIX. Mathiez se entusiasmó inicialmente con la Revolución de Octubre, y a tal punto, que ingresó en el Partido Comunista francés en 1920. Notó que Lenin conocía muy bien el desarrollo de la Revolución francesa –la había estudiado a fondo, y no sobre fuentes secundarias, sino con escrupuloso trabajo en fuentes primarias guardadas en la Bibliothèque Nationale y en otros archivos municipales en sus años de exilio parisino— y observó que el asalto al poder de los bolcheviques entre junio y octubre de 1917 replicaba y guardaba muchas analogías con el ascenso montagnard al poder a partir del 10 de agosto de 1792 (el 22 de septiembre se proclamaría la I República Democrática francesa). Mathiez publicó un célebre artículo, “Bolcheviques y Jacobinos”, que Gramsci tradujo inmediatamente al italiano para su revista Ordine Nuovo.[17]

No será necesario decir que para Mathiez, robiespierrista convencido, eso no era una censura al bolchevismo, sino todo lo contrario. La idea –inmediatamente puesta en circulación por muchos de sus enemigos y repetida luego hasta la náusea por toda la historiografía banderizamente conservadora— de que Lenin y los bolcheviques se habrían limitado a dar un golpe de estado en Octubre de 1917 no podía serle más ajena. Al contrario, Mathiez no habría podido estar más de acuerdo con la historiografía actual que, disponiendo de archivos inaccesibles hasta hace pocos años, prueba concluyentemente la amplia base de masas y el carácter democrático de la toma del poder bolchevique. En el prólogo a su reciente y aclamado libro sobre el primer año del poder bolchevique, Alexander Rabinowitch escribe:

Llegué [en mi anterior libro][18] a la conclusión de que la Revolución de Octubre en Petrogrado no fue tanto una operación militar, sino más bien un proceso paulatino desarrollado sobre el terreno de una cultura política profundamente arraigada en la población, así como de una amplia insatisfacción con los resultados de la Revolución de Febrero combinada con la fuerza del irresistible atractivo de las promesas de los bolcheviques: paz, pan y tierra inmediatamente para los campesinos y una democracia de base a través de los soviets multipartidistas. Pero esa interpretación arrojaba tantas preguntas como contestaba. Aun cuando parecía claro que el éxito del partido bolchevique en 1917 se debía en buena medida a su naturaleza y a su acción abiertas, relativamente democráticas y descentralizadas, ¿cómo explicar entonces que ese partido se convirtiera tan rápidamente en una de las organizaciones políticas más robustamente centralizadas y autoritarias de la época moderna?”[19]

El diagnóstico de Mathiez sobre esa rápida evolución del bolchevismo democrático hacia una dictadura de partido único que le llevó a él mismo a romper muy tempranamente (1922) con el comunismo fue que esa dictadura no tenía nada que ver con la dictadura democrática montagnard. Ni siquiera, por ejemplo, en el pico extremo del Terror jacobino (1793-4), asediada la República por los ejércitos de las potencias monárquicas reaccionarias de Austria y Prusia, sumados al “ejército de los príncipes” del aristócrata emigrado Condé –a sueldo de Austria, Inglaterra y Rusia—; ni siquiera en esa circunstancia, digo, limitó el Comité de Salud Pública la libertad de expresión, como sí hicieron los bolcheviques ya a partir de enero de 1918.

Hay que observar que “dictadura” no significaba hasta bien entrado el siglo XX lo mismo que ahora. En la tradición clásica romana, una “dictadura” era una institución republicana, merced a la cual, en períodos extremos de guerra civil, el “pueblo” –es decir, el Senado— comisionaba y encargaba todo el poder ejecutivo a un dictator por un período limitado de tiempo (normalmente, seis meses), terminado el cual estaba obligado a rendir cuentas ante sus comitentes de lo que había hecho o dejado de hacer durante ese período excepcional de plenos poderes. Es decir, la “dictadura” en el sentido clásico del término era una institución fideicomisaria, no un despotismo “soberano” como han sido, o tendido a ser, de maneras muy distintas,[20] las dictaduras que ha conocido el siglo XX: Stalin, Mussolini, Hitler, Franco, etc.

Cuando Barère presenta ante la Convención legislativa republicana su proyecto para substituir el ineficiente Comité de Defensa General por un Comité de Salud Pública se expresa en esos términos tradicionales:

“En todos los países, en presencia de conspiraciones flagrantes, se ha sentido la necesidad de recurrir momentáneamente a autoridades dictatoriales, a poderes supralegales. (…) ¿Qué tenéis que temer de un comité responsable, incesantemente vigilado por vosotros, que no dictará leyes y que no hará sino acuciar y presionar a los agentes del poder ejecutivo? ¿Qué tenéis que temer de un comité que no puede actuar sobre la libertad de los simples ciudadanos, sino solamente sobre los agentes del poder que resultarían sospechosos? ¿Qué tenéis que temer de un comité instituido para un mes?”[21]

Pues bien; el Mathiez crítico del bolchevismo concede que “toda revolución es una guerra civil, puesto que se trata de reconfigurar la propiedad, y la propiedad, junto con la vida, es lo que resulta más caro al hombre”. Pero la dictadura jacobina del año II fue una “dictadura del bien público” estrechamente asociada a una “política resueltamente democrática”, una “dictadura [fideicomisaria] de la Convención”, la asamblea legislativa elegida por sufragio universal. Es más, como observan en la larga y luminosa introducción a su reciente reedición de La réaction thermidorienne (1929) –el libro de Mathiez ocultado por el estalinismo francés— Florence Gauthier y Yannick Bosch:

Por su naturaleza, esta ‘dictadura del bien público’ asocia estrechamente el pueblo a la toma de decisiones y a la ejecución de las leyes. Y a tal punto, que el Terror fue caracterizado por sus enemigos [termidorianos] como una ‘tiranía de la anarquía’, un ‘sistema’ en el que el pueblo estaba ‘en perpetua deliberación’.”[22]

Huelga decir que la noción marxiana y engelsiana de la “dictadura del proletariado” se correspondía con la concepción fideicomisaria clásica de la dictadura como institución republicana en condiciones de guerra civil. Precisamente en su crítica del proyecto del Programa de Erfurt de la SPD (1891), en plena Era de la Seguridad, Engels había sentido la necesidad de recordar a la dirección de la socialdemocracia lo que era la “dictadura del proletariado”, lo que era la república democrática y las lecciones de la Revolución Francesa:

Si algo está claro, es que nuestro partido y la clase obrera sólo podrán llegar al poder bajo la forma de la república democrática, que es la forma específica de la dictadura del proletariado como ya enseña la gran Revolución Francesa.”[23]

Con lo que llegamos a la crítica marxista coetánea más ecuánime y profunda del experimento bolchevique, la de Rosa Luxemburgo. En un manuscrito-borrador encontrado entre sus papeles póstumos, y publicado en 1922 por su amigo, abogado y albacea político Paul Levi con el sobrio título de La Revolución Rusa,[24] Rosa insistirá, sin citarlo, en el problema planteado por Engels en 1891 de la dictadura revolucionaria y la República democrática. El texto comienza con una crítica despiadada del “marxismo” kautskyano:

“Pero el curso [de la Revolución rusa] se ha revelado también, para cualquier observador capaz de pensar, como una refutación demoledora de la teoría doctrinaria que Kaustky comparte con el partido de los socialdemócratas ahora en el gobierno [alemán], según la cual Rusia, en tanto que país económicamente atrasado, predominantemente agrario, no estaría suficientemente maduro para la revolución social y para una dictadura del proletariado (…) Esa teoría de que en Rusia sólo sería viable una revolución burguesa (…) es también la del ala oportunista del movimiento obrero ruso, los llamados mencheviques.”

Y con una alabanza de los bolcheviques que no puede ser más significativa para lo que aquí interesa:

“Todo lo que un partido situado en un momento histórico puede dar en punto a coraje, capacidad de acción, amplitud de visión revolucionaria y consecuencia, Lenin, Trotsky y sus camaradas lo han ofrecido a plena satisfacción. (…) Su insurrección de Octubre no sólo logró salvar la Revolución rusa, sino que salvó también el honor del socialismo internacional. Los bolcheviques son los herederos históricos de los niveladores ingleses y de los jacobinos franceses.”

Rosa centraba la crítica del primer año de bolchevismo en el poder en tres puntos: su política agraria, su política territorial fundada en el solemne reconocimiento del derecho de autodeterminación de las naciones que componían el viejo imperio de los Románov y, finalmente, el carácter antidemocrático de la incipiente dictadura bolchevique. Vamos limitarnos de momento al último y, oblicuamente, a algunas de sus conexiones menos evidentes con el penúltimo.[25]

Rosa entra en el núcleo del problema con toda claridad:

“El fallo capital de la teoría de Lenin y Trotsky es precisamente el de contraponer, exactamente igual que Kautsky, dictadura a democracia. ‘Dictadura o democracia’, así plantean el problema tanto los bolcheviques como Kaustky. Éste se decide naturalmente por la democracia, y desde luego por la democracia burguesa, puesto que la ve precisamente como la alternativa a la transformación revolucionaria socialista. Lenin-Trotsky, al revés, se deciden por la dictadura en contraposición a la democracia y, así, por la dictadura de un puñado de personas, es decir, por la dictadura conforme al modelo burgués.” [El énfasis es de la autora.]

Puesto que el significado de muchas de las palabras empleadas aquí ha variado tanto en los últimos 150 años, y puesto que el período que estamos estudiando fue precisamente una época de aceleración de las mutaciones semánticas en el léxico político, vale la pena detenerse un poco en este texto que, por otra parte –no se olvide—, no es sino un primer borrador-esquema nunca corregido ni completado (Rosa fue asesinada apenas unas semanas después de escribirlo).

Al lector de nuestros días le sorprenderá, por lo pronto, la idea de una “dictadura” no contrapuesta a “república” y a “democracia”, y no digamos la posibilidad, obviamente implicada por Rosa, de una “dictadura republicana democrática”. Ya se ha dicho antes que la noción clásica, de ascendencia romana republicana, de “dictadura” era fideicomisaria, no –como suele entenderse ahora, tras las experiencias del siglo XX— soberana.[26] Lo que, así pues, está diciendo en este paso Rosa es que Kautsky se ha olvidado de la República democrática como dictadura fideicomisaria del proletariado y sus aliados populares (en el sentido de Engels y de Marx) y, más importante aún, que Lenin y Trotsky están en vías de introducir una novedad radical particularmente desagradable, y es a saber: una dictadura no fideicomisaria, es decir, una dictadura que se cree dispensada de responder ante sus supuestos comitentes (el “pueblo”, el “proletariado”, la “alianza de obreros, campesinos y soldados”, o lo que fuere). Es decir, que Lenin y Trotsky, sin advertirlo, estarían en vías de engendrar un monstruo característico del siglo XX, una dictadura soberana. Rosa, desde luego, ni mendigaba ni temía favores:

“Si podéis ver en las semillas del tiempo

Y decir qué granos crecerán y cuáles, no

Habladme a mí, que ni mendigo

Ni temo vuestros favores.”[27]

Criticando la justificación ofrecida por Trotsky de la disolución de la Asamblea Constituyente en noviembre de 1918, Rosa da una lección de teoría democrática de la representación política como fideicomiso y de su papel en una dictadura democrática republicana. Trotsky sostenía, en substancia, que en los meses que precedieron a la Revolución de Octubre se había producido un vigoroso desplazamiento de las masas hacia la izquierda, cosa que se reflejaba, por ejemplo, en el robustecimiento del ala izquierda dentro del partido social-revolucionario. Sin embargo, en las listas de ese partido para la Asamblea Constituyente seguían dominando muy ampliamente “los viejos nombres del ala derecha”, como el propio Kerensky. “El torpe mecanismo de las instituciones democráticas” no puede, dice Trotsky, seguir el ritmo de la politización y radicalización de las masas populares. Pero, entonces, replica Luxemburgo:

… hay que maravillarse de que gentes tan listas como Lenin y Trostky no saquen de eso la conclusión que de los hechos mencionados debería seguirse inmediatamente. Puesto que la Asamblea Constituyente había sido elegida bastante antes del momento de cambio decisivo –la insurrección de Octubre— y en su composición se reflejaba la imagen del pasado superado (…), iba de suyo que lo que tenían que hacer era precisamente liquidar esa (…) Asamblea Constituyente nacida muerta y ¡decretar nuevas elecciones!

Frente a la supuesta “torpeza del mecanismo de las instituciones democráticas”, Rosa observa que precisamente “la experiencia histórica de todas las épocas revolucionarias” muestra lo contrario. La relación entre los representantes políticos y sus bases sociales mandantes o comitentes no está fijada y encapsulada estáticamente como se figura la “esquemática abstracción” de un Trotsky cuya concepción de la representación política, carente del más elemental dinamismo, “viene a negar toda conexión intelectual entre los otrora electos y su electorado, cualquier interacción entre ambos”:

“¡Cómo contradice eso toda la experiencia histórica! Porque lo que nos enseña ésta es, al contrario, que el vivo fluido del sufragio popular enjuaga constantemente los cuerpos de los representantes, los penetra, los orienta.”

Incluso en los parlamentos burgueses de la época, no elegidos por sufragio universal:

“… podemos observar de vez en cuando las más deliciosas cabriolas ejecutadas por ‘representantes del pueblo’ que, súbitamente poseídos por un nuevo ‘espíritu’, comienzan a expresarse en tonos inauditos y hasta las más resecadas y renegridas momias parecen rejuvenecer (…) conforme al clamor que sale de fábricas, talleres y calles. ¿Y esos efectos vivos del sufragio y la maduración política de las masas en los cuerpos electos deberían encallarse precisamente en el curso de una revolución? (…) ¡Al contrario! Precisamente el fuego abrasador de la revolución crea aquel aire político ligero, vibrante y receptivo por el que las ondas del sufragio popular y el pulso de la vida del pueblo inciden al punto y del modo más maravilloso en los cuerpos representativos”.

Es verdad que:

“… toda institución democrática tiene sus límites y carencias, lo que comparte con el resto de las instituciones humanas. Solo que el remedio descubierto por Lenin y Trotsky –la liquidación de la democracia en general— es todavía peor que el mal que pretende enmendar, porque ciega precisamente la única fuente viva capaz de corregir todas las insuficiencias ínsitas en las instituciones sociales: la vida política activa, desinhibida, enérgica de las más amplias masas populares.”

Como se ve, Rosa Luxemburgo critica el experimento del primer año bolchevique apelando a ideas normativas básicas de la teoría de la democracia republicana revolucionaria moderna en la estela de la Revolución francesa, de la que fue hijo también el primer “marxismo” originario.[28] Sin embargo, su texto está atravesado por una interesante tensión conceptual que salta especialmente a la vista en su inclemente –y a veces, lúcida y certera— crítica a la política territorial bolchevique fundada en el reconocimiento incondicional del derecho de autodeterminación de las naciones que componían el Imperio de los Románov. La tensión de fondo es entre la reducción de la política a puras cuestiones de oportunidad más o menos coyunturalmente “históricas” y la afirmación de la política republicano-democrática como fundada en última instancia en la defensa de principios y derechos inalienables largamente independientes de las coyunturas “históricas”. Repárese en este paso:

“… que políticos tan sobrios y críticos como Lenin y Trotsky y sus amigos, que para cualquier fraseología utópica como desarme, federación internacional de los pueblos, etc., reservan a lo sumo un irónico encogimiento de hombros, convirtieran ahora una hueca consigna del mismo tenor [como es el derecho de autodeterminación de las naciones] en su caballo de batalla, nos parece que sólo puede atribuirse a un cálculo político de oportunidad.”

A continuación, Rosa procede a una crítica demoledora de ese cálculo político de oportunidad bolchevique.[29] Queda fuera de los intereses de esta charla discutir lo acertado de esa crítica. Porque lo que aquí interesa es otra cosa. Ésta: el lenguaje de los derechos humanos inalienables –intrínsecamente ligado a la teoría de la república democrática— se había eclipsado después de Termidor (1795) y había desaparecido casi completamente después de 1848, muy particularmente en la época de cristalización del “marxismo” doctrinario socialdemócrata y de la adaptación del mismo a una Belle Époque dominada por la Realpolitik imperial-colonial.

Rosa intuye en su texto que la fundamentación normativa de la República democrática es cosa muy distinta de las puras consideraciones “históricas” de oportunidad política. Observa agudamente, por ejemplo, la llamativa contradicción en que incurren Lenin y Trotsky al tratar los derechos democráticos con meras consideraciones (erradas, en opinión de Rosa) de oportunidad instrumental mientras parecen, en cambio, dispuestos a ofrecer a la autodeterminación de las naciones la dignidad normativa de un derecho inalienable, ampliamente independiente de los cálculos de oportunidad política:

“La contradicción (…) es tanto más incomprensible, cuanto que las formas democráticas de la vida política en todos los países (…) constituyen, en efecto, fundamentos superlativamente valiosos, imprescindibles incluso, de la política socialista, mientras que el dichoso ‘derecho de autodeterminación de las naciones’ no es sino huera fraseología, patraña pequeñoburguesa.”

Cuando, tras 150 años de eclipse post-termidoriano, el lenguaje republicano de los derechos humanos universales e inalienables fue recuperado en la vida política internacional luego de la derrota militar y política del nazifascismo el derecho inalienable de autodeterminación de los pueblos –junto con las otras dos dimensiones de los Derechos Humanos, es decir, los derechos individuales inalienables y los derechos inalienables de la Humanidad toda e indivisible— se convirtió, como es sobradamente conocido, en el ariete normativo de la descolonización. La derrota del nazismo abrió hasta cierto punto una época de franco retroceso de la Realpolitik reductora de la política a puras consideraciones de oportunidad. Pero lo cierto es que el “marxismo” doctrinario cristalizado en la Belle Époque no se había librado del contagio. El texto de Rosa que estamos comentando es importante también porque en él aflora esa tensión, a la que, obviamente, sucumbe su autora. Rosa considera “fraseología pequeño burguesa” el derecho de autodeterminación de los pueblos, pero aunque podemos ver en su texto los intentos por defender la democracia sobre todo con argumentos de oportunidad política “histórica” frente a la dictadura soberana bolchevique incipiente, no puede dejar de decir que los derechos democráticos en todos los países son “fundamentos superlativamente valiosos” de la política socialista.

Ahora bien; con la misma lógica consecuencialista podían Lenin y Trotsky reponer que eso de los “fundamentos superlativamente valiosos” es pura fraseología metafísica pequeñoburguesa. Y Trotsky, en efecto, lo hizo. No respondiendo a Rosa, sino a Kautsky en la importante polémica que ambos tuvieron entre 1918 y 1920:

“La doctrina de la democracia formal no está constituida por el socialismo científico, sino por el derecho natural. La esencia del derecho natural radica en el reconocimiento de normas jurídicas eternas e invariables que hallan en las distintas épocas y entre los distintos pueblos expresiones más o menos restringidas y deformadas. El derecho natural de la historia moderna, tal como lo produjo la edad media, entrañaba ante todo una protesta contra los privilegios de las castas, contra los abusos sancionados por la legislación del despotismo y contra oros productos ‘artificiales’ del derecho positivo feudal. La ideología del tercer estado, todavía demasiado débil, expresaba su propio interés por medio de algunas normas ideales que llegaron luego a convertirse en la enseñanza de la democracia (…). La personalidad es un fin en sí; los hombres tienen todos el derecho de expresar su pensamiento de palabra y por escrito; todo hombre tiene un derecho de sufragio igual al de los demás. Emblemas de combate contra el feudalismo, las reivindicaciones de la democracia significaron un progreso. Pero con el correr del tiempo, la metafísica del derecho natural, que es la teoría de la democracia formal, se ha hecho cada vez más reaccionaria: es el control de una norma ideal sobre las exigencias reales de las masas obreras y de los partidos revolucionarios.”[30]

Se puede observar que, polemizando con Kautsky, Trotsky acepta el grueso de los dogmas “marxistas” de la ortodoxia kautskyana. Por ejemplo, el de la caracterización de la francesa como una revolución “burguesa”. Si se repasa la discusión entre Kautsky y Trostky sobre democracia, se puede ver que se trata de una discusión desarrollada íntegramente en términos de oportunidad histórico-política, como si la dimensión propiamente normativa de la política no existiera o fuera fraseología metafísica “burguesa”. La disputa entre el viejo “papa del marxismo” y los jóvenes bolcheviques respondones es tremenda y dramática, como lo fueron las circunstancias en que se produjo. Figurémonos: en plena guerra civil rusa, Trostky, el fundador del ejército ruso, escribe su “Anti-Kautsky” montado en un vagón de campaña militar. Pero su idea filosófica, si así puede decirse, de la democracia no era tan distinta. Ambos estaban troquelados por el “marxismo” doctrinario de la Era de la Seguridad y, en cierto sentido, igualmente desorientados por el desplome de la misma. En medio del desastre de la Gran Guerra, Trotsky observó con gran perspicacia que:

“El marxismo llegó a ser para el proletariado alemán, no la fórmula algebraica de la revolución que había sido en sus orígenes, sino el método teórico de adaptación al estado nacional-capitalista coronado por el casco prusiano”.[31]

Pero la verdad es que los bolcheviques estaban harto más troquelados de lo que ellos mismos podían imaginar por ese “marxismo” doctrinalmente fabricado por la socialdemocracia alemana en la era del imperio de la Realpolitik que fue la Era de la Seguridad: auctoritas, non veritas facit legem. Como lo sugiere el que, en el mismo momento histórico (1921), bajo la República de Weimar, el viejo revisionista Edward Bernstein, un enemigo mucho más radical –y más inteligente— que Kaustky del experimento bolchevique, decía cosas asombrosamente parecidas a las que acabamos de escuchar de Trotsky. Sólo que haciendo explícito el transfondo vétero-socialdemócrata de esa visión puramente consecuencialista, carente de la menor consciencia de la necesidad de fundamentación propiamente normativa de la acción política, y que no es otro que el de la famosa “evolución social” y sus “leyes rígidas”:

“La doctrina de Marx y Engels ha de entenderse como una teoría de la evolución (…) Esta circunstancia, a saber: que la teoría marxista del socialismo y sus objetivos se deriven de una evolución de hecho y de unos movimientos reales, la diferencia de sus precursoras, todas las cuales se fundaban, no en una teoría evolutiva, sino, de uno u otro modo, en el derecho natural. De eso trató la segunda de mis lecciones [en la Universidad Humboldt de Berlín, en 1921], titulada `La fundamentación iusnaturalista del socialismo’, en donde apuntaba, entre otras cosas, al vínculo del socialismo iusnaturalista racionalistamente construido con la ideología de la Gran Revolución francesa. Pero también muchos socialistas que creen proceder científicamente por apelar a la economía razonan iusnaturalistamente, lo que amenaza constantemente con el extravío utopizante.”[32]

La idea que la Revolución Francesa habría sido “burguesa” forma parte de un esquema cuajado en la Belle Époque y canonizado por el “marxismo” ortodoxo de la II Internacional. Ni Marx ni nadie antes de 1850 la había considerado como otra cosa que como una gran revolución popular democrática en el sentido que invariablemente tuvo la palabra “democracia” desde Aristóteles en el siglo IV antes de nuestra era hasta finales del XIX, es decir, como un movimiento político del démos, esto es, de los pobres libres que vivían por sus manos. Como una revolución, pues, no menos “antifeudal” que “antiburguesa”. Porque el “pueblo” –y, menos aún, el menu peuple robespierreano— no era la “burguesía”, el “tercer estado”, sino un “cuarto estado” compuesto de pequeños campesinos, artesanos, pequeños comerciantes y jornaleros y asalariados. Y cualesquiera que fueran sus insuficiencias como analistas y críticos de la Revolución Francesa, Marx y Engels supieron eso desde siempre. Jamás emplearon los viejos el término oximorónico, que hoy pasa por prototípicamente “marxista”, de “democracia burguesa”.[33]

En sus años de aprendizaje, el joven Marx extractó y subrayó con particular énfasis este paso de Robespierre que encontró citado en una de sus primeras lecturas de investigación sobre la Revolución Francesa (concretamente, en el tomo II del mamometro en 4 volúmenes del helenista e historiador francmasón alemán Wilhelm Wachsmuth sobre la Historia de Francia en la Era Revolucionaria):[34]

“Robespierre (papiers inédits): ‘los peligros interiores vienen de los burgueses; para vencer a los burgueses, es preciso unir al pueblo. Es preciso … que los sansculottes reciban una paga y se mantengan en las ciudades. Hay que armarlos, encolerizarlos, ilustrarlos.”[35]

Resulta de lo más instructivo observar que, entre la revolución rusa “burguesa” de febrero de 1917 y la revolución “proletaria” de octubre de 1917, bajo el gobierno provisional de coalición entre social-revolucionarios y liberales, ese léxico democrático abandonado hacía años por el “marxismo” doctrinario cristalizado en la Belle Époque –si no condenado como “huera palabrería pequeñoburguesa” (Trostky, Lenin) o como “extravío utopizante” (Bernstein)— se mantenía muy vivo en la consciencia y en el habla de los pueblos. Repárese, si no, por limitarnos a un solo ejemplo, en esta declaración del primer regimiento (pro-bolchevique) de fusileros de Petrogrado del 21 de junio:

“De aquí en adelante, sólo enviaremos destacamentos al frente cuando la guerra haya adquirido un carácter revolucionario, cosa que sólo ocurrirá cuando los capitalistas hayan sido apartados del gobierno y el gobierno haya pasado a manos de la democracia, representada por los diputados del Soviet panrruso de obreros, soldados y campesinos.”[36]

La virulenta polémica de 1918-1919 entre Kautsky y Trotstky resulta sumamente instructiva si se relee hoy teniendo en mente más el fondo tácito de lo que compartían que sus evidentes desacuerdos. Trotsky muestra, por ejemplo, que, de haber participado en la polémica del Congreso socialista de Amsterdam de 1904 al que antes nos hemos referido, se habría alineado con Bebel, y no con Jaurès. Y de haber participado en la polémica entre Kaustky y Rosa en 1910, tal vez se habría alineado con Kautsky y no con Rosa. Monarquía autocrática, monarquía constitucional, monarquía parlamentaria o república democrática no son para él sino, todas, puras y apenas distintas formas de dominación capitalista:

“Absolutismo, monarquía parlamentaria, democracia: a ojos del imperialismo, y sin duda de la revolución que viene a tomar su lugar, todas las formas gubernamentales de la dominación burguesa, del zarismo ruso al federalismo quasi-democrático de la América del Norte, son iguales desde el punto de vista de los derechos y forman parte de combinaciones en las que se complementan indisolublemente unas a otras. Llegado el momento crítico, el imperialismo ha logrado someter, con todos los medios de que dispone, y señaladamente a través del parlamento –cualquiera que fuera la aritmética del escrutinio— a la pequeña burguesía urbana y rural e incluso a la aristocracia obrera. La idea nacional que había guiado al tercer estado [sic!] en su acceso al poder tuvo en el curso de la guerra su período de renacimiento con la ‘defensa nacional’. (…) El naufragio de las ilusiones imperialistas, por lo pronto en los países vencidos y, luego, con cierto retraso, en los países vencedores, ha destruido las bases mismas de la otrora democracia nacional y de su instrumento esencial, el parlamento democrático.”[37]

Es notabilísimo que Trotsky, exactamente igual que su contrincante Kautsky, razone en 1919 como si la democracia parlamentaria fuera una institución con una larga historia detrás tanto en los “países vencedores” como en los “países vencidos”. Lo cierto es que, en el momento de estallar la Gran Guerra, aparte de la pequeña Suiza, había una sola democracia republicana parlamentaria con sufragio universal (masculino) en el mundo: la III República francesa salida de la guerra franco-prusiana en 1871. El resto eran monarquías autocráticas, como la zarista, monarquías meramente constitucionales con parlamentos políticamente impotentes como la Guillermina, la Austro-Húngara, la italiana o la española. Y la monarquía británica, plenamente parlamentaria desde 1832, pero sin pleno sufragio universal, o una República presidencialista de los EEUU que, según hemos visto, el propio Trotsky sólo se atreve a calificar de “quasi-democrática”.

Lo cierto es que la democracia parlamentaria sólo llegó a Europa tras el fin de la Gran Guerra y el desplome de las viejas monarquías centrales. Sólo con la caída del Zar tras la Revolución de febrero de 1917 conoció Rusia una República parlamentaria con sufragio universal. Sólo tras la Revolución de Noviembre de 1918 y el gobierno provisional de coalición obrera SPD-USPD conoció Alemania una República parlamentaria con pleno sufragio universal (masculino y femenino). Otrotanto ocurrió con la I República austriaca en 1918, merced al gobierno obrero socialdemócrata inspirado por el viejo jurista Karl Renner y el joven jefe de filas teórico del austromarxismo, Otto Bauer. Por su parte, el Partido Laborista británico multiplicó su representación parlamentaria tras la llamada Cuarta Reforma y la consiguiente nueva ley electoral (Representation of the People Act) de 1918[38] y logró llegar por vez primera al gobierno en 1923 tras la celebración de las primeras elecciones con sufragio universal (masculino, a partir de 21 años, y femenino, a partir de los 30) pleno celebradas en Gran Bretaña, y fue el segundo gobierno laborista de MacDonald el que en 1928 promovió, con la Quinta Reforma, el igual sufragio femenino a partir de los 21 años.

Y si en una Gran Bretaña que desde el Reform Bill de 1832 conocía la vida parlamentaria y sucesivas oleadas de progresiva ampliación del sufragio popular la súbita introducción del pleno sufragio universal y la consiguiente entrada en escena del conjunto de la población trabajadora en 1918-28 –mucho más allá, pues, de la “pequeña burguesía urbana y rural” y de la “aristocracia obrera”, esa idée fixe del Lenin y el Trotsky de la época— vino a significar un verdadero shock amedrentante para las gentes de viso y para buena parte de las llamadas “clases medias” bienpensantes,[39] no hará falta decir lo que representó eso mismo, acompañado de la simultánea parlamentarización de la vida política, en países de monarquías semiautocráticas o meramente constitucionales. Por ejemplo, en la Italia de la Monarquía Piamontesa, en la Alemania de la Monarquía Guillermina, en la Austria-Hungría de los Habsburgos o –a partir de 1931— en la España de la Pimera Restauración Borbónica, es decir, en los cuatro grandes países europeos que terminaron sucumbiendo, con muy distintos grados de resistencia popular, a golpes de Estado fascistas que vinieron a poner trágicamente fin en pocos años al efímero experimento democrático de la Europa de la posguerra.[40]

Dígase así, y tómese con el correspondiente grano de sal: Trostsky y Lenin, como Kautsky y Bernstein, pagaron intelectualmente muy caro en 1918-21 el caso omiso que la dirección de la socialdemocracia alemana había hecho en 1891 a la pregnante crítica engelsiana del Programa de Erfurt. Todos seguían dando por medianamente buena la “hoja de parra” pretendidamente “democrática” o “parlamentaria” con que las monarquías meramente constitucionales y/o sin sufragio universal “cubrían sus vergüenzas”, y cuando el final de la Gran Guerra hizo caer en Europa todas las hojas de parra y trajo consigo el sufragio universal, la democracia parlamentaria y la irrupción y ”rebelión de las masas” (Ortega) en la vida político-social por vez primera a escala continental, reaccionaron todos con parecida y desnortada gazmoñería ante el espectáculo de las vergüenzas al descubierto.

La proclamación popular, primero en Munich –en un improvisado mítin de masas del gran socialista de izquierda que fue Kurt Eisner (1867-1919)— y luego en Berlín, de la República alemana el 9 de noviembre 1918 sorprendió a los jefes supremos de la socialdemocracia mayoritaria (Scheidemann, Ebert) negociando en secreto con el príncipe Max von Baden la abdicación de Guillermo II en su hijo Guillermo de Prusia para salvar a toda costa la monarquía de los Hohenzollern. Presumiblemente, porque el fallido intento coram populo de abdicación del zar Alejandro III en su hermano, el Gran Duque Miguel, habría dado paso en febrero de 1917 a la República en Rusia, y la República parlamentaria, ¡ay!, habría traído inexorablemente consigo en unos pocos meses el ascenso del bolchevismo al poder.

Lo cierto es que las socialdemocracias alemanas (mayoritaria e independiente) en el gobierno provisional no supieron qué hacer con la República. A diferencia de la socialdemocracia austriaca (o, años más tarde, en 1931, del PSOE) ni siquiera participaron de manera activa en la elaboración de la Constitución republicana de Weimar (1919), que dejaron en manos, básicamente, de la llamada “izquierda burguesa” del nuevo Partido Democrático de Max Weber y Walter Rathenau. Pero los redactores efectivos de la Constitución eran mucho más “burgueses” que de “izquierda”. No sólo permitieron constitucionalmente una “revisión judicial” contraparlamentaria que habría de quedar fatalmente en manos de una reaccionaria casta judicial guillermina intacta,[41] sino que el constitucionalista berlinés Hugo Preuss (1880-1925), “padre de Weimar”, fuertemente influido por su colega y mentor alsaciano Robert Redlob (1882-1962) –un enemigo mortal del carácter parlamentario de la III República francesa—, redactó en persona aquel malhadado artículo 48 que, al otorgar poderes excepcionales supraparlamentarios al Presidente de la República, habría de permitir andando el tiempo el golpe de Estado antiparlamentario del presidente Hindenburg en enero de 1933 y el acceso al poder de un partido parlamentariamente minoritario como el nazi, que tenía apenas un 33% del sufragio popular y contaba con un millón largo de votos menos que la sola suma de los de la SPD y la KPD (sin contar con el sufragio de los dos partidos burgueses aún lealmente republicanos, el Demócrata y el Centro Católico).

Es lo más probable que, retóricas guerra-civilistas aparte, ni Lenin ni Trotsky se engañaran en 1918-20 respecto de la peligrosa naturaleza “soberana” de la incipiente dictadura bolchevique y la radical incompatibilidad de la misma con la dictadura republicano-democrática “fideicomisaria” prevista por Marx y Engels.[42] Y favor de Lenin y de Trotsky tal vez pueda decirse que en ningún momento llegaron a pensar en otra posibilidad que la de afirmar provisionalmente su poder en el “eslabón más débil” de la geopolítica mundial sólo como reserva y palanca para la venidera cadena de revoluciones socialistas a escala europea (incluidas las colonias imperiales), cuyo estallido preveían inminente.

Pero en el verano de 1920, cuando se celebró el III Congreso de la Internacional Comunista –luego de los fracasos revolucionarios alemanes de enero de 1919 (que costó trágica y absurdamente la vida a Rosa Luxemburgo) y marzo de 1920 y del fracaso revolucionario italiano de septiembre de 1919—, tenía que estar ya meridianamente claro para dos Realpolitiker consumados como Lenin y Trostky que el audaz e interesante experimento bolchevique de fomentar revoluciones e insurrecciones por doquiera aun a costa de la enconada división del movimiento obrero socialista internacional había llegado a su fin. Como es harto sabido, hicieron todo lo contrario de lo que aconsejaba ese sobrio reconocimiento de la situación, y a pesar de la nueva y poco creíble retórica del “Frente Único” con la socialdemocracia, persistieron en el experimento y en la división. Rosa Luxemburgo fue asesinada en enero de 1919 a manos de un pelotón de Freikorps de extrema derecha empleados para sofocar la rebelión en Berlín por el ministro del interior de la nueva República, el socialdemócrata de derecha Gustav Noske (1868-1946).[43] Paul Levi (1882-1930), su abogado y albacea testamentario, el cerebro más lúcido de la recién nacida y crecientemente antiluxemburguista KPD volvió a la socialdemocracia en 1921 tras la negativa de la IC del “Frente Único” a permitir la incorporación del ala izquierda de la USPD a la sección alemana de la IC. La USPD terminó disuelta, y el grueso de su ala izquierda, pro-bolchevique, acabó siguiendo el camino de Bernstein y de Kaustky, y volviendo con la cabeza gacha a la vieja SPD mayoritaria, ya completamente dominada por derechistas berroqueños como Ebert, Noske y Scheidemann. Así pues, la expresión política del otrora movimiento obrero más importante, disciplinado y masivo del mundo, terriblemente diezmado ya por la Gran Guerra, terminó en la República de Weimar quedando en manos de una extrema derecha socialdemócrata sólo republicana a su pesar[44] y de un estalinismo ferozmente antiluxemburguista y más sectario aún que primitivo.[45]

El 27 de abril de 1927, el más brillante, elocuente y respetado parlamentario del Partido Comunista de Alemania (KPD) en la cámara legislativa de la República de Weimar, el prestigioso historiador y clasicista Arthur Rosenberg (1889-1943), ultraizquierdista y antiluxemburguista en su juventud, cercano luego al gran Paul Levi, hacía pública su decisión de abandonar las filas del partido. No renunciaba a su escaño parlamentario en el Reichstag, empero. Y no tanto porque concediera un gran valor político al mismo, cuanto porque, dados los continuos cambios en la línea política y en la composición del equipo dirigente de ese partido, se negaba a exponer a sus electores a un “juego de azar” respecto de su sucesor. Conservaba el mandato, en tanto que “socialista sin partido.”[46] Un día antes, y al parecer en paralelo a otra del mismo tenor dirigida al mismísimo Stalin, había enviado al comité central de la KPD una carta que es mucho más que una mera motivación política al uso –cortés o enrabietada, pero rutinaria— de su portazo. Es, se verá en seguida, un extraordinario documento histórico en el que

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