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El continuo estercolero periodístico (III)

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“EL CONTINUO ESTERCOLERO PERIODÍSTICO” 

TERCERA PARTE.    

por Jesús Santrich        

Un poco de manera retrasada me he dado cuenta que ciertos periodistas han expresado sorpresa porque en el seno de la guerrilla también se lee a Jack London. Sí, periodistas que se “sorprenden” porque exista entre los insurgentes “el gusto por la buena literatura”, de lo cual derivan la “preocupación” porque la guerra que se está librando en Colombia pueda terminar convirtiéndonos en monstruos insensible a la estética, a la lectura de un buen libro o de un poema.

Leyendo estas perlas me acordé  inmediatamente del conocido libro del Che titulado Pasajes de la Guerra Revolucionaria, una selección de artículos del comandante insurgente publicados por primera vez en 1963, en el que casualmente  al narrar el desenvolvimiento de un combate en el que resultaron heridos varios guerrilleros, incluyendo al mismo Che, explica que en un instante se puso a pensar en la “mejor manera de morir en ese minuto en que parecía todo perdido”; entonces trajo a memoria un cuento de Jack London. Qué cosa, los guerrilleros de otros tiempos y latitudes, también leen, tienen gusto por la literatura y conocen a Jack London. El Che recordó el pasaje del cuento de London en que el protagonista  “apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte por congelación, en las zonas heladas de Alaska. Es la única imagen nítida”. Esto rememora el Che y agrega “Alguien, de rodillas, gritaba que había que rendirse y se oyó atrás una voz, que después supe pertenecía a Camilo Cienfuegos, gritando: “Aquí no se rinde nadie…” y una palabrota después.

Y es que hay tantas maneras de asumir la literatura; una de ellas es con sus ejemplos de dignidad; tal como aquí lo muestra el Che, para resaltar que en esa justa y heroica lucha nadie se rendiría. Quién sabe si a los que hoy se sorprenden porque los guerrilleros leen a Jack London puedan interiorizar el sentido de esa bella palabra: dignidad.

Pero bien, lo importante es que además de leer a Jack London no nos convirtamos en monstruos que perdimos la sensibilidad. Mucha ternura hay en este deseo, parece. Lo que no me genera certeza es si en su práctica de lagartería periodística a esos que les gusta que leamos a Jack London les ha quedado tiempo para interiorizar a este brillante escritor en aspectos que están más allá de la estética literaria; pongamos por caso de su obra Talón de hierro, la sensibilidad de Ernest Everhard, los diálogos de los explotados, de los trabajadores humildes, el sentido de la justeza en la causa socialista en contraste con la poca o nula posibilidad que la misericordia, la lástima ó la caridad pueden darle a la emancipación humana.

No, no parece que atinen siquiera a asumir esos paliativos tan abundantes en las lamentaciones de quienes observan las atrocidades del capitalismo, pero jamás se involucran en las dinámicas que siquiera cuestionan las causas fundamentales que generan esas atrocidades.

Es que no basta con tener gusto por la buena literatura; no basta con la estética. Mariátegui decía que “ninguna estética puede rebajar el trabajo artístico a una cuestión de técnica. La técnica nueva debe corresponder a un espíritu nuevo también. Si no, lo único que cambia es el paramento, el decorado. Y una revolución artística no se contenta de conquistas”. Además, la sensibilidad humanista está más allá de la vanidad meliflua de la sapiencia docta de aquellos que ahora se sorprenden porque en la guerrilla también se lee Jack London. El mismo Jack London que para nosotros tiene diferente significado que para ellos.

A muchos revolucionarios nos gusta ese escritor al que los letrados de la gran prensa colombiana prepago de hoy en día, por lo menos tienen la delicadeza de colocar en el pedestal de la buena literatura. Esta es una deferencia que extraña, pero lo que no sorprende es que no tomen su esencia social, como sí lo hizo un periodista, ese sí un verdadero periodista llamado John Reed. Pero claro, seguramente que como en Mariátegui, en J Reed la concepción estética se unimisma, en la intimidad de la conciencia, con sus concepciones morales, políticas y religiosas; las concepciones estéticas sin dejar de ser tales en estricto, no puede operar independiente o diversamente de las otras concepciones mencionadas.

Quizás, con urticaria y todo,  los de la cloaca mediática colombiana, recuerden la biografía que sobre el inolvidable John Reed hizo Albert Rhys Williams. En algún aparte nos dice el biografista que Reed era un hombre “de aguda inteligencia que odiaba la falacia y la hipocresía, en vez de ponerse, como tantos otros, al lado de las gentes ricas e influyentes, se enfrentó a ellas y, cuando los monopolios, como pulpos gigantescos, se apoderaron de los bosques y otras riquezas naturales del Estado, emprendió una lucha encarnizada en contra de ellos. Fue perseguido, combatido a muerte, despedido de su empleo. Pero jamás capituló ante sus enemigos”. Ayyy qué cosas, en cambio las catilinarias anti-FARC que salen desde la cloaca mediática, se desatan en tiempos en que la plutocracia colombiana, totalmente de rodillas frente a las transnacionales permite que estas destruyan nuestros bosques, nuestros ríos, nuestro entorno, nuestro medio ambiente, saqueando hasta la saciedad los recursos naturales. ¿Se habrán dado cuenta del desastre que significa la explotación minero-energética desatada por las trasnacionales? ¿Se habrán percatado de cuál es el trasfondo de despojo que esconde la Ley de restitución de tierras?

Bueno, los de la cloaca no son John Reed. Él estudió en Harvard, según muchos incluyendo a A.R Williams,  “la más famosa universidad de los Estados Unidos. Allí enviaban a sus hijos los reyes del petróleo, los barones de la hulla y los magnates del acero, sabiendo perfectamente que al cabo de cuatro años de deportes, de lujo y de “aburrido estudio de una serie de ciencias tediosas” volverían a casa con el espíritu depurado de la más leve sospecha de radicalismo. De este modo se moldean en los colegios y universidades decenas de millares de jóvenes norteamericanos, que salen de las aulas convertidos en aguerridos defensores del orden establecido, en guardias blancos de la reacción”.

Pero Reed no se dejó embrujar por los cantos de sirena; claro, él no era ni remotamente parecido a los de la cloaca.

Él se convirtió en un “peregrino de los grandes caminos del mundo. Quien quisiera estar al corriente de la vida contemporánea no tenía más que seguir a John Reed; como el albatros, el ave de las tempestades, estaba presente dondequiera que sucedía algo importante”.  En cambio, personajes como los analistas de la gran prensa colombiana están presentes argumentando babosadas donde quiera que haya un puñado de dinero pensando siempre en cómo mantener el estatus de consentidos de la oligarquía.

John Reed  estaba en las huelgas del lado de los obreros, del lado de los esclavos de Rockefeller, desafiando las macanas y los fusiles de los guardias, al lado de los rebeldes, al lado de los peones mexicanos levantando con ellos el estandarte de la revuelta, cabalgando con Pancho Villa sobre el Palacio Nacional; en cambio los de la cloaca están entre los cocteles de salón de los burgueses; a lo más estás en las sillas de la mentira del programa Hora Veinte cumpliendo sus compromisos con los agentes de la “seguridad inversionista”. No estás ni podrías estarlo como John Reed junto a las hogueras de un campamento obrero o campesino o de desplazados, peleando por la tierra y la libertad.

Pero bien, a ellos les gusta que se lea a Jack London; de pronto también les gusta que leamos a Cortázar; entonces bueno sería que vuelvan sobre Todos los fuegos el fuego. Pero como personas tan cultas ya habrán leído, entonces que relean el texto “REUNIÓN” para que se unten un poco de decoro siquiera a través del texto del escritor argentino, para que no se “ensucien” del sudor de Guevara directamente, o para que distanciados así de la “apología” al terrorismo, releyendo a un escritor que sí está admitido en el alcurnioso círculo de los arribistas de la cloaca, en voz alta repitan el encabezado del relato recomendado en el que citando al Che, se recuerda a Jack London, y luego mediten un poco y traten de preguntarse por qué una persona como Cortázar sí tuvo el valor y el pudor de destinar los derechos de autor de su obra El libro de Manuel, a la ayuda de los presos políticos en Argentina. Aquí, ahora, los de la cloaca en cambio no serías capaces de admitir siquiera la existencia de los prisioneros políticos, porque así lo definió Juan Manuel Santos. Entonces bien, repitan con nosotros canallas, para ver si con esto se les purifica un poco el alma: “Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida. ERNESTO “CHE” GUEVARA, en La sierra y el llano, La Habana, 1961.

Qué cosas tiene la vida, ¿vedad?: guerrilleros que les gusta la literatura, John Reed, El Che, Cortázar…, gente con criterio propio, encontrándose alrededor de Jack London. Y más allá, una cuerda de lacayos que definitivamente se han empeñado de lleno en escribir por prepago para esa inmensa cloaca “bacrimizada” de los medios de comunicación.

Pero bien, sin enredarnos en los mentirosos juegos de la diplomacia debemos ser concluyentes en no admitir esos cuestionamientos que pretenden colocar la resistencia de los más débiles en la picota pública  mientras hacen caso omiso de la existencia del terror de los más fuertes y de los insaciables intereses de las trasnacionales.

Estos elementos tienen que esperar a que el grupo Santodomingo o Sarmiento Angulo sean los que a la manera de Soros les digan que  “el capital global” es una amenaza para la humanidad, aunque no cesen de recibir sus fondos de especulación.  Atrapados en la telaraña de la hegemonía burguesa no se lanzan a la búsqueda de un pensamiento alternativo sino a la adulación del sistema de manera tal que los admita con una pequeña carga de crítica insubstancial. Claramente le juegan a la cimentación de esa “hegemonía burguesa” convencidos de que ello es fundamental para asegurar la estabilidad del injusto sistema social vigente, o más bien para asegurar su propia estabilidad económica y social.

En últimas, ellos hacen parte de los nervios y músculos de esa hegemonía burguesa, desde los medios de comunicación y las instituciones educativas del Estado donde laboran, en un doble juego en el que buscan legitimarse dentro del sistema legitimando lo que los teóricos conocen como paradigma de la “globalización”. Subordinados están, digamos retomando conceptos del maestro James Petras, a la cultura burguesa; miran sin sonrojo hacia la cultura dominante como fuente de veracidad  y reconocimiento. Haciendo de perros falderos del régimen, cuidan el espacio que han ganado dentro del sistema: Para ello asumen toda la conceptualización del “paradigma” imperialista, su certificación de buena conducta, y la certificación de la burguesía. En fin, juegan las reglas de juego que impone el sistema reforzando “inteligentemente” su posición hegemónica. En este plano del juego “inteligente” que les permita mantener una imagen confiable frente a las masas, ellos no tienen problema en ofertarse de vez en cuando para una causa como para otra. Puede ser que hasta no estén vendidos sino solamente rentados para la derecha, e incluso tangencialmente disponibles para la izquierda.

Así son las cosas, por eso yo admiro sobremanera la magnanimidad de quienes con tanta paciencia suelen leer y escuchar a estos elementos, tratando siempre de lograr puntos de encuentro, de acercamiento, de entendimiento que puedan dar esperanza  de paz. Pero bueno, al mismo tiempo la lucha contra los poderes de la burguesía implica también el combate ideológico contra su hegemonía; hoy también necesitamos desenmascarar el doble discurso de estos intelectuales que menean el rabo frente  a la barriga llena de la oligarquía.

 

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