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El arte en la epoca de la muerte de la imaginacion

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El arte en la época de la muerte de la imaginación

 

11 de septiembre de 2010

 

Pedro Antonio Curto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

 

En un artículo publicado en plena guerra civil española (hay que ascender las artes hacia donde ordena la guerra) el poeta Miguel Hernández escribía: “Los hombres de la pintura, la escultura, la poesía, las artes en general, se ven hoy en España impelidos hacia la realización de una obra profundamente humana que no han comenzado a realizar todavía. Yo veo a los pintores, los escultores, los poetas de España empeñados en una labor de fáciles resoluciones, sin el reflejo mejor de los problemas que la situación de este tiempo ha planteado”. Con este artículo y el poema “Llamo a los poetas” planteaba una crítica a los artistas por lo que consideraba una actitud poco comprometida por lo que se dilucidaba en el conflicto bélico, la necesidad de vencer al fascismo. Pues mientras él participaba en primera línea, realizando recitales en el frente y hasta ayudando materialmente, creía que la actitud de los que se quedaban en la retaguardia tenía poco de combativa. Si tenemos en cuenta que la gran mayoría de intelectuales y artistas apoyaban la causa republicana, incluso de fuera de España, que se celebró un Congreso de Intelectuales Antifascistas con tal causa como bandera, que pensaría Miguel Hernández de la situación que hoy se produce, con un arte dominado por la mercadotecnia a todos sus niveles.

 

Desde que en los años sesenta las vanguardias sociales y artísticas empezaron a retroceder, en que la industria se ha ido haciendo con el monopolio casi total de los diversos campos creativos, la entrada en el siglo XXI por parte del mundo artístico está dominado por la falta de ideas, la incapacidad de transgresión y el servio a un público adocenado. Las vanguardias ahora son modas efímeras que buscan pronto el cobijo de los dos refugios fundamentales que hoy se dan: El de papa-estado por un lado, el de la industria comercial por el otro. En ambos casos el dominio del posmodernismo los conduce a un mismo fin: adecuarse a un discurso acomodaticio con la realidad existente, no perturbar, no hacerse preguntas, vivir en un placido limbo aunque sea vestidos de “malditos”. Porque lo cierto es que hay manga ancha, que la capacidad de asimilación es más sibilina que nunca. Hasta los grafiteros y raperos, artes emergentes y casi clandestinas, se les pone alfombra roja. Vivimos en una sociedad en crisis de valores sociales, políticos, culturales, personales... con el vacío como mayor emblema, en un cruce de muros caídos y muros invisibles, donde el caos lo domina todo, pero ese caos es ordenado en las pantallas de los tecnócratas que saben de el mucho más que los artistas. No en vano son ellos quienes dominan el discurso y las ideas. Son los dueños del producto y de cómo se produce, de cómo se distribuye, de quien lo escucha y como lo escucha, los que moldean el gusto para ver como se lee un libro o ve una película.

 

En el pasado los burgueses pagaban con un algún espíritu filantrópico a los artistas y hasta cierto punto se dejaban influir por sus ideas. Hoy pagan para que hagan lo mismo, pero son ellos los que dan las ideas y a veces hasta crean al artista. El Miguel Ángel actual no impone sus pinturas a la curia eclesiástica, sino que debe acomodarse a lo que los sistemas modernos le imponen en un croquis del que no pueden salirse. Y si no lo hace siempre existe otro Miguel Ángel a la cola. Ante esto, ¿cuál es el futuro del arte? Debo reconocer que soy escéptico o pesimista, el arte subversivo, ni siquiera el crítico, gozan de buena salud. El capitalismo ha sabido crear una maquinaria de hacer chorizos y venderla como industria cultural. Lo peor del caso es que compramos chorizos como arte de vanguardia y ni siquiera nos enteramos. En una época donde más personas y sectores sociales tienen acceso a la cultura y el arte, mayor conocimiento, posibilidades inimaginables, hemos retrocedido hacia la vanalización y la estupidez. La “democratización” del arte está siendo demoledora. La masificación del producto creativo mediante el consumo o incluso con la moda de las votaciones, está haciendo florecer los productos más nauseabundos. Se podrá echar la culpa a las campañas publicitarias y la televisión, pero eso se ha terminado convirtiendo en un discurso fácil aunque lleve parte de razón. De la imaginación al poder hemos pasado a la muerte de la imaginación, al menos como se entendía escrita en aquellos muros. Es cierto que su valor sigue existiendo en mayor o menor medida, la pulsión creativa, pero no deja de ser una gota de agua en el inmenso océano de la producción capitalista. No sé cual es la alternativa, cuales son los caminos, si es que existen, sólo que militar en la belleza, quizás sea la única forma de que el arte del siglo XXI no sea un producto de consumo más en un mundo adocenado.

 

Enviado por Argenpress a koepyahu@yahoo.com.ar

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